Por el cual se autoriza la publicación de un Informe
<<...Todo transcurría normalmente y a eso de las once y cuarenta mas o menos comenzamos a oír ruidos estruendosos y al momento supimos que eran disparos, a lo cual los empleados y yo personalmente nos tiramos al piso. Cuando estábamos en el piso, se acercó hasta nosotros y hasta mí un abogado que minutos antes había estado con la doctora Mercedes Mendoza; este abogado nos encañonó, me requisó estando yo en el piso y nos dijo: "quédense contra el piso y no les va a pasar nada"; siguieron los disparos, este señor que nos encañonó salió de la oficina, me imagino que disparando porque oíamos los disparos muy cerca y nos quedamos todos en Secretaria .. El señor que nos encañono era costeño, de pelo churco, medio canoso, y más o menos alto, no recuerdo bien si era de bigote o no, de traje de calle, me parece color café. Al día siguiente, cuando leí la prensa y salieron algunas fotos de dirigentes del M-19 lo reconocí como Alfonso Jacquin.... el me dijo que era un abogado de Barranquilla y que quería estudiar la falla del servicio... que quería ver la sentencia de Quebradablanca.... Tan pronto él cogió el tomo se retiró hacia la baranda y doña Nina habló con él, yo estuve dialogando algunos minutos con la doctora Mercedes Mendoza..., luego la doctora Mercedes se despidió y como a los cinco minutos de haberse despedido de ella el abogado, que nos había presentado se me acercó y me solicitó que si le podía prestar el teléfono, a lo cual yo respondí con la amabilidad del caso que con mucho gusto, él hizo la llamada, no sé con quien hablaría ni a quién llamaría, ni oí la conversación. . . él colgó el teléfono, se retiró y como al minuto o menos comenzaron los ruidos estruendosos de que hablé al comienzo. . . Yo lo vi solo, pero Doña Nina me comentó que él estaba con una persona bajita, un hombre que se quedó en la puerta de la Secretaría... En el día de ayer aquí en la Casa de la Moneda, ella (la doctora Mercedes Mendoza) me comentó y ahí estábamos con doña Nina y doña Lucía, que a dicho abogado recién se lo acababan de presentar y había sido una amiga, que la asaltaron (sic) en su buena fe..». (Folios 46-48, primer cuaderno, del Juzgado Treinta).
La señora Hilda Díaz de Agudelo, Oficial Mayor de la Secretaria del Consejo, declaró:
«... Mi oficina quedaba en el primer piso, era la oficina 107, Secretaría General. Por la mañana se hizo el trabajo de la oficina común y corriente, como faltando un cuarto para las once de la mañana llegaron dos muchachas que pidieron un expediente electoral, ellas sabían a lo que iban, dijeron que el expediente tuviera poder, demanda, etc.; Gilberto Sánchez que es nuestro notificador, les alcanzó un expediente ya terminado, ya con fallo, ellas se sentaron a leerlo cerca al vidrio adelante del mostrador, al rato yo salí y fui hasta la biblioteca, cuando yo volví, una de las muchachas me preguntó que si estaba Dario, yo le dije que no, pero que lo esperaba; en esos momentos llegó un abogado del Ministerio de Hacienda que quería saber cómo iba el negocio de las torturas para ellos pagar o no pagar el dinero; lo atendió Helena Contreras; Las muchachas seguían sentadas viendo uno de los copiadores. Yo sé que eran las once y media de la mañana porque estaba hablando con una de mis hijas. cuando oímos ráfagas de bala, como de ametralladora, yo tiré el teléfono sin decir adiós y me paré; las muchachas que estaban ahí sentadas corrieron hacia nosotros y gritaron "somos del M-19, tiéndanse" así recuerdo yo, no sé si dirían otra palabra; ahí estuvimos acostados boca abajo sobre el tapete como hasta las dos de la tarde. Mientras nosotros estábamos tendidos en el tapete afuera, unas dos, tres o cuatro veces gritaban consignas, eran relacionadas con el M-19, y las dos muchachas que dijeron ser del M-19 y que estaban con nosotras, contestaban "presente y combatiendo", ellas también gritaban como llamando a alguien decían "Aldo" y otras veces "Roque"...>> (Folio 149, primer cuaderno, Juzgado Treinta).
La señora Milena Elisa Velandia Alvarado, Auxiliar de la Secretaría de la Sala Constitucional, declaró:
<<... Al oír los disparos salí un poquito hacia la puerta y vi a uno de los vigilantes con un arma en la mano corriendo como hacia el sótano, en ese momento Emilia me dijo que me escondiera porque eso era peligroso, nos metimos debajo del escritorio; de pronto me asomé un poquito y miré hacia el patio, vi que venía el vigilante que llama Jorge N., no sé el apellido. venía hacia mi oficina... el vigilante fue a abrir la puerta que da del patio con dirección a mi oficina, en esas pego un disparo en el vidrio de la puerta, el celador esquivó el tiro echando la cabeza hacia atrás, entonces el celador se devolvió corriendo hacia el patio; nosotras continuamos ahí metidas debajo del escritorio. . . ». (Folio 429, segundo cuaderno, Juzgado Treinta de Instrucción Criminal).
El doctor Darío Enrique Quiñones Pinilla, Secretario General del Consejo de Estado, dijo:
«... Recuerdo que al entrar a la oficina vi sentadas a dos mujeres una de ellas a quien conocía como hermana del Doctor Jorge Franco Pineda. Esta niña me Saludó y me presentó a una muchacha que me dijo era su compañera y que en ese momento leía, no sé si un expediente o una carpeta de las copias de las providencias del Consejo de Estado que normalmente se colocaban encima de la baranda de esta oficina.. . En esos momentos y pasados unos instantes escuché unas detonaciones, me levanté de mi escritorio, con el propósito de establecer de qué se trataba y alcancé a pronunciar o decir que eran bombas porque me parecían que esos eran los sonidos que se iniciaban en el sótano en la parte que da hacia a la calle y que luego avanzaban hacia el interior del edificio. Cuando estaba yo de pie y las empleadas todas a la expectativa de lo que se trataba, pasados unos segundos vi que avanzaban hacia el interior de la oficina dos mujeres con pistola en mano, que nos apuntaron y nos dijeron: "Al suelo" o al piso somos del M-19, "al piso o si no disparamos". Todos los que estaban conmigo en la Secretaría General nos tendimos al Piso acatando las ordenes que nos impartieron las dos mujeres. Advertí inmediatamente que las dos mujeres eran las mismas que unos minutos antes estaban sentadas a la entrada de la oficina, una de ellas hermana del doctor Jorge Franco Pineda. La sorpresa y estupor pues fue asombrosa. Permanecimos inmóviles en la forma en que nos indicaban. En seguida continuamos escuchando disparos cada vez mas intensos en todo el edificio. Recuerdo que las guerrilleras gritaban y llamaban a una persona de nombre "Aldo", solicitándole al parecer instrucciones para que les dijera que debían hacer o hacia dónde se debían dirigir. Hubo abaleo en el primer piso y al parecer no sabían si salir o no salir de la oficina y esperaban algunas instrucciones de sus compañeros. También recuerdo que golpearon hacia las oficinas contiguas preguntando si había personas y no hubo ninguna respuesta. En esta posición permanecimos durante algo así como una hora u hora y media...>>. (Folios 386-388, cuaderno segundo, Juzgado Treinta de Instrucción Criminal).
El señor Jorge Alberto Medina Peñuela dio la siguiente versión:
«...Me encontraba en el parqueadero del Palacio de Justicia, o sea el sótano, cuando entraron de repente en una camioneta varias personas disparando armas de fuego contra toda la gente que había en el lugar y los carros, los tipos iban uniformados estilo policías y entraron gritando "Esto es una toma - Viva Colombia"; en ese momento yo corría hacia un cuarto con unos compañeros que estaban ahí, éramos diez personas en total, cerramos la puerta y apagamos la luz; ahí fue cuando empezamos a escuchar que tenían ya dominada la entrada y el parqueadero en el sótano, los tipos estaban regados en el sótano en un total aproximado de quince personas o guerrilleros y no dejaban de disparar, seguidamente comenzaron a organizarse, tomaron puestos fijos cada uno, de los tipos que estaban. ahí escuché que se llamaban por el nombre, uno lo llamaban Comandante Guillermo, y la otra la Comandante Claudia a los cinco minutos más o menos de entrar la camioneta con los guerrilleros entraron dos carros más con guerrilleros y munición; como a las dos de la tarde nos cogió el ejercito nos identificaron y llevaron a la Alcaldía y nos tomaron declaración y luego nos fuimos para la casa, eso es todo...,». (Folio 115, del primer cuaderno, Juzgado 23 de Instrucción Criminal).
Así el Palacio fue tomado por los guerrilleros fácilmente. La débil resistencia de los vigilantes y porteros y de algunos pocos miembros de las escoltas de Magistrados amenazados, no duró lo suficiente para lograr el apoyo de la fuerza pública, que estaba cercana. Y no duró mucho por falta de medios de defensa. A pesar de los rumores que habían circulado durante las semanas anteriores, nadie esperaba el ataque; cuando se presentó, no se disponía de un plan para coordinar los movimientos y acciones de los valerosos defensores del edificio. El golpe de sorpresa, en primer término, y el propósito de los guerrilleros de hacer sangrienta la operación, dejaron estupefactos a quienes debían proteger la sede principal de la justicia colombiana.
Sin embargo, en los primeros enfrentamientos, se causaron bajas a los subversivos, originando el natural desconcierto y el cambio repentino de su plan de operaciones. Uno de los vigilantes eliminó a un asaltante y causó heridas a otros. Y en la misma brevísima contienda, apareció muerta la enfermera, dejando a los rebeldes sin la asistencia que ella podía prestar. En el sumario se da cuenta de este último hecho sin identificar el causante de la muerte.
Algunos testigos hablan de la balacera que se presentó en el primer piso y relatan que vieron a guerrilleros utilizando sus armas desde puntos estratégicos. El peligro producido por todas estas acciones, inmovilizó a todos los rehenes, en las oficinas que consideraron más seguras. La primera pausa en el combate se presentó al retiro de dos porteros y la vigilante, que hacía las veces de recepcionista, quienes ganaron la calle desesperadamente. Un tercer vigilante, que al igual que los compañeros que salieron a la calle, había disparado su arma y enfrentado la guerrilla por unos minutos, se repite, herido logró refugiarse en una pieza aledaña a los ascensores que dan al costado de la plaza de Bolívar. Esta pausa fue aprovechada para que los guerrilleros tomaran el control pleno del primer piso, dando oportunidad a que Alfonso Jacquin saliera de la Secretaría de la Sección Tercera del Consejo, en donde se había resguardado para eludir ser blanco de los vigilantes de la puerta principal, y tomara la dirección del grupo que debía permanecer en este piso y ascender al segundo, al tercero y al cuarto piso, por las escaleras de la parte sur del edificio.
Desde el primer piso, y desde las posiciones que los asaltantes ganaron por las escaleras del sur y las escaleras de la parte norte se reanudaron los disparos hacia donde se encontraban los miembros de las escoltas de algunos Magistrados. Así lo reveló el Presidente de la Sala Constitucional, doctor Alfonso Patiño Roselli a su esposa. Sobre el particular ella declaró:
«El me llamó por mi teléfono privado, para decirme que estaba bien, que estaban disparando en el primer piso y que "inexplicablemente" las únicas personas, que en ese momento estaban defendiendo el palacio, eran dos de los miembros de su escolta, que el DAS le había asignado algunas semanas antes»
Para mantener atemorizadas a las persona que se encontraban en el interior y en las cercanías del Palacio, los guerrilleros se dedicaron a disparar a diestra y siniestra, y hacer estallar bombas que hacían trepidar el edificio y retumbaban fuertemente a la vez que daban gritos de combate y proliferaban consignas revolucionarias, confirmando que realmente el M-19 tenía la responsabilidad del asalto, como era la creencia común de todos los cautivos.
El estruendo de explosiones y disparos llenó de pánico a los transeúntes y a los vecinos y conmocionó a la población de las zonas adyacentes. Se observa el rápido desplazamiento de quienes podían constituir blanco de las armas de largo alcance, modernas y sofisticadas, de los guerrilleros. La situación se tornó trágica cuando un ciudadano, el señor René Francisco Jiménez, al transitar imprudentemente por la carrera 8º, casi al frente de la puerta del parqueadero por donde penetraron los revoltosos al edificio, resultó abatido en escena dolorosa que alcanzó a recoger un documental de televisión.
La radio desde los primeros instantes del ataque lanzó boletines extraordinarios a todo el país y organizó el cubrimiento, paso a paso, momento a momento, de los acontecimientos. El país entero, con preocupación y tristeza, fue atento a las noticias que se dieron.
Naturalmente, operaciones que se cumplieron en el corazón del Capitolio Nacional, en donde varias comisiones constitucionales se encontraban reunidas y muy cerca del edificio Liévano, sede del Gobierno Distrital y del Palacio de Nariño, despacho y residencia del Presidente de la República, provocaron la reacción inmediata de las fuerzas disponibles. Ciertamente, a enfrentar el grupo de personas marginadas de la ley y empeñadas en hacer daño a las instituciones, concurrieron al Palacio de Justicia unidades de la policía, de los cuerpos de seguridad y del Batallón Guardia Presidencial, algunos de cuyos miembros, a la misma hora del ataque, rendían honores a tres embajadores que presentaban cartas credenciales.
El propio Presidente de la República, doctor Belisario Betancur Cuartas, al enterarse de los hechos, dio instrucciones para el manejo de la situación y dispuso que se le mantuviera informado del curso de los acontecimientos Las fuerzas del orden, en primer término, desalojaron a los espectadores y acordonaron la zona del Palacio de Justicia, delimitando un área para las operaciones militares a la cual no se permitió el acceso de particulares hasta horas después de finalizada la contienda y restablecido el orden. Por excepción, se toleró allí la estada de profesionales del periodismo, con sus compañeros de trabajo (fotógrafos, camarógrafos, etc.), quienes se situaron en la calle 11 con carrera 7º Desde aquí cumplieron la función de informar a la opinión pública todo lo acontecido.
Las emisoras hicieron contacto telefónico con algunos rehenes. Eso hizo posible obtener, de primera fuente, información sobre el drama que se vivía en el interior del edificio. Y, a su vez, sirvió para hacer llegar mensajes de las autoridades a los guerrilleros a fin de que depusieran las armas y se sometieran a las leyes, ofreciéndoles respetar sus vidas y un juicio con todas las garantías.
INTERVENCION DE LA FUERZA PUBLICA
Le correspondió a un agente de la policía, destacado en la zona bancaria adyacente a la entrada del parqueadero de la carrera 8º afrontar la situación inmediatamente se percató de la ocurrencia del ataque. Sin contar con ayuda alguna, en forma aislada, hizo valerosamente uso de su arma, respondiendo a los disparos que se hacían desde el interior del Palacio, con tan mala suerte que fue herido y sólo tuvo aliento para resguardarse en un vehículo que se encontraba cerca, quedando durante largo tiempo sin auxilio porque el lugar siguió siendo blanco de los disparos de los guerrilleros, quienes no permitieron que se acercara una ambulancia de la Cruz Roja, que se propuso recogerlo.
Registrada la actuación solitaria del agente de policía herido, y abandonado a su suerte en la vía publica, se hizo presente un contingente de la policía al mando del Subteniente José Fonseca Villada, Jefe del Segundo Turno de Vigilancia de la Cuarta Estación, quien intentó penetrar al Palacio por el sector occidental, antes de las doce del día, logrando en hábil maniobra, situarse en una posición de avanzada, desde la cual podía enfrentar a los revoltosos y cubrir la entrada de la tropa al edificio.
Desgraciadamente, cuando ya parecía resguardado, al asomar su cabeza para continuar avanzando, recibió impacto que le causó la muerte, en forma casi instantánea. El testimonio cinematográfico de todo este trágico y doloroso acontecer hace parte del expediente, por la incorporación de filmaciones y grabaciones, ordenada por el Decreto número 3300 de 1985. La tremenda balacera retardó la acción de sus compañeros y subalternos tendiente a recoger su cadáver.
Entre tanto, aparecen refuerzos del ejército, con armas de mayor alcance, apropiadas para el enfrentamiento. Igualmente llegaron patrullas de la policía y miembros del escuadrón motorizado. Las fuerzas del orden, desconcertadas en un principio, se desplazaron con rapidez a tomar el control de sitios estratégicos en valerosa operación envolvente del Palacio. Con ella, pretendieron, antes que todo, evitar el ingreso de refuerzos subversivos y dar captura a personas sospechosas. Con ametralladoras y otras armas ascendieron a los edificios aledaños. se tomaron las torres de la Catedral, el edificio Liévano y hasta la Casa del Florero, que fue posteriormente destinada a recibir a los rehenes y demás personas procedentes del Palacio. Desde las terrazas de los edificios situados en los costados oriental, de la carrera 8º, y norte, de la calle 12, dispositivos de la fuerza pública disparaban ráfagas permanentes hacia los puntos desde donde se observaba que accionaban sus armas los sediciosos. Misión especial de las fuerzas destacadas en los pisos altos de los edificios vecinos fue la de evitar la acción de francotiradores y la de cubrir la llegada de refuerzos por aire, con empleo de helicópteros.
Después de las doce del día hicieron su entrada a la Plaza de Bolívar unidades Cascabel, de la Escuela de Caballería, mientras otras unidades, las Urutu, tomaron posición en la carrera 8º, cerca de la puerta de ingreso a los sótanos. Estos vehículos blindados, distinguidos por los declarantes como "tanques" o "tanquetas", despertaron la esperanza de que constituirían decisivo factor de disuasión, como quiera que con su utilización se establecía un desnivel de fuerzas innegable. Los guerrilleros no lo creyeron así y los recibieron con nutrido fuego de armas automáticas. Inmediatamente las ametralladoras de tales unidades blindadas respondieron al fuego, originándose una situación de verdadero terror por el ruido y efecto del intercambio de disparos, que se prolongó por algún tiempo.
Intempestivamente, un vehículo Urutu penetró al parqueadero y en uno de sus movimientos se desprendió la ametralladora fijada en su parte posterior. De cuanto ocurrió en esta operación es conveniente prestar cuidado al testimonio de sus protagonistas.
El Capitán Jairo Solano Jiménez, orgánico del Grupo Mecanizado numero 13 Rincón Quiñónez, declaró:
«...llegamos al sitio de los hechos, entramos por la Plaza de Bolívar y por el radio me llamó mi Coronel Comandante del Batallón Guardia Presidencial y me dio la orden que necesitaba que entraran por la puerta del sótano por donde habían entrado los guerrilleros, frente a esta puerta habían matado a un Teniente de la policía y DAS, F-2 y era imposible entrar con personal a pie debido al riesgo; constantemente estuvimos asediados por fuego enemigo, lo que dificultaba la maniobra, ya que a la entrada del garaje habían colocado dos bombas de alto poder y a tiro de fusil fue necesario desactivarlas, una vez hecho este trabajo le ordene al Cabo González Alvárez Rubén, de esta unidad, conductor del Urutu A-1, que acelerara a fondo y entráramos, ya que corríamos el riesgo de más bombas dentro del garaje, allí fuimos sometidos a fuego por unos diez guerrilleros que estaban dentro atrincherados entre los vehículos y sacos de arena que habían llevado para este efecto, constantemente nos lanzaron bombas al parecer de alto poder, porque el carro constantemente era movido por la vibración explosiva de estos artefactos; inclusive la puerta posterior del Urutu fue sumida. Nosotros hicimos fuego desde el vehículo para replegar al enemigo y emitir así que entrara el Batallón Guardia Presidencial y asumiera el control del primer piso. Hubo un momento en que ordene desembarcar y ante el aviso de los soldados que habían más bombas y personal por debajo de los carros, cerramos nuevamente la puerta y anduvimos por los sitios que quedaron libres en el parqueadero, desde el vehículo logramos ver a los dos celadores que estaban muertos y tirados en el piso, a quienes les dieron muerte los guerrilleros a la entrada del Palacio... cuando nos encontrábamos con este personal al fondo del parqueadero en uno de los giros del vehículo se nos cayó la ametralladora punto 50, la que se encontraba despegada del montante, por acción del golpe al entrar, ya que la altura era muy reducida, ordene abrir la escotilla lateral para bajar al personal, ya que en ese momento teníamos un relativo control del área y considere que no había peligro para el personal; alcanzaron a bajar dos soldados de seguridad y en esos instantes empezaron a estallar carros bombas. Ante esta situación ordené embarcar al personal y le dije al Cabo González que saliéramos del parqueadero, ya que corríamos peligro de incendiarse el vehículo o morir asfixiados por la acción del humo. Una vez fuera, me comuniqué con mi Coronel Bejarano y le reporte la novedad, esto es, que la ametralladora se me había quedado dentro del garaje; el me dio una voz de aliento y me dijo que era necesario recuperar la ametralladora. Dejé descansar el personal un rato y luego volvimos al garaje, donde desembarcamos con un personal para ir en busca de la ametralladora; esta acción se nos dificultó por la obscuridad que reinaba dentro del recinto y por el humo que había concentrado; después de varios intentos, el Cabo González y el Teniente Riaño sacaron la ametralladora, de ahí en adelante pasamos a una posición de seguridad en vista que el trabajo y el esfuerzo lo estaban realizando las unidades de infantería, policía y grupos especiales; entré nuevamente al garaje, cuando me informaron que un soldado de nombre Avilla González Alvaro había sido herido, entre con el Teniente Riaño en su búsqueda, lo encontramos tirado en el hall entre el sótano y el primer piso, se encontraba inconsciente, casi que agonizante, ya casi por un acto de reflejo movía uno de sus pies contra el piso; inicialmente tratamos de recuperar el soldado, pero nos fue imposible, ya que éramos sometidos a replegarnos por acción de fuego enemigo, estudiamos el campo de tiro que tenía el tirador y notamos que existía un ángulo muerto, ya que ellos, los guerrilleros, nos disparaban desde el primer piso hacia él sótano con tiro de fusil en ráfagas constantes, el Teniente Riaño consiguió una manila y la tirábamos constantemente a enlazar al soldado; esta acción se nos dificultaba por la posición que se encontraba él y por la amenaza constante de ser heridos, optamos por sacar los fusiles que estaban más cerca de nosotros tirados en el piso y que pertenecía uno al soldado y a un Sargento de Guardia Presidencial que había sido herido, hubo un momento en que logro el Teniente Riaño enlazar al soldado de una bota o pie y cuando ya estaba asegurado hicimos fuego nutrido hacia el segundo piso, esto con el fin de proteger o cubrir al soldado mientras lo jalábamos, ya que de otra forma nos lo hubieran masacrado los guerrilleros cuando lo pasábamos por el campo de tiro de ellos, luego de esto salí con el soldado y se lo llevaron en una ambulancia. Cuando me regresé inmediatamente al garaje vi que sacaban al Teniente Riaño, quien había sido herido en las piernas por acción de una granada. Después de esto organicé al personal y montamos vigilancia sobre la salida del parqueadero. En la mañana siguiente saqué al personal de ese sitio hacia el lado del Congreso, desde donde hacíamos patrullajes constantes en las calles aledañas hasta el término de la operación..." (folio 30, Juzgado Treinta de Instrucción Criminal).
El soldado Luis Antonio Santaná Tibavisco, perteneciente al Grupo Mecanizado Rincón Quiñones, dijo:
«...íbamo
s en el carro de comando con 8 soldados conmigo, mi Capitán Solano y el Cabo González, íbamos en un Urutú, llegamos como a las doce del día, llegó mi Capitán y hablo por radio y le dieron orden no supimos que, estábamos frente a la puerta del Palacio (de) la puerta del sótano... mi Capitán desactivó dos bombas que habían en la entrada y entonces al entrar (sic) la entrada quedaba muy bajita y se cayó la ametralladora punto 50 y luego entonces procedimos a entrar y cuando entonces explotaron unas bombas y se fue la luz y el motivo que nos hizo salir fue que había mucho humo porque por encima de la trompeta del carro había quedado un hueco y por ahí se nos entraba mucho humo y nos podiamos asfixiar y por eso nos salimos... después por la tarde fue que dijeron que el soldado Avila lo habían herido porque entró a sacar la punto 50, entró con, 3 soldados más con otros de los que venían en otro carro pero no me acuerdo.. . Las bombas se encontraban en los dos lados de la puerta, una en cada esquina, las desactivó a tiros de fusil que le prestó un soldado por que el llevaba era una ametralladora MP5... El sí nos ordenó disparar pero si veíamos al enemigo, pero no veíamos el enemigo porque estaba cubierto... entró el Urutú de nosotros y detrás un cascabel, el Urutú dio la vuelta y el cascabel se devolvió detrás de nosotros.. . Los carros que entraron, allá o sea los dos eran del Grupo Rincón Quiñónez, el cascabel lo tripulaba mi Sargento Carabalí y dos soldados que iban ahí más, adentro tampoco ese carro utilizó ninguna arma, seguramente se devolvió detrás del carro nuestro...»(folio 414, formado por el mismo Juzgado).
El soldado Alvaro Avila González, también Orgánico del Grupo Mecanizado "Rincón Quiñones", manifestó:
<<...entramos ahí a donde estaban disparando a sacar la ametralladora punto 50 que se había caído del Urutú que entró, ya nosotros habíamos visto dónde estaba la ametralladora que estaba bien adentro, al ir a coger la ametralladora lo cogían y le daban a uno, en un momento que nos mandamos y la cogimos con los soldados porque mi Teniente ya se había salido y ahí fue cuando me bajaron y ahí quede y no me acuerdo de más...>> (folio 423, Juzgado Treinta de Instrucción Criminal).
El Subteniente Doney Olmedo Riaño Silva dijo:
«a la media hora sale el vehículo Urutú y pude evidenciar que le faltaba la ametralladora punto 50 que se cayó al entrar al garaje porque el espacio de altura era muy reducido, de inmediato entré personal del Guardia Presidencial y sacaron dos cadáveres de dos vigilantes que le prestaban seguridad al Palacio, ahí fue cuando yo entré a recuperar la ametralladora punto 50, porque era una desventaja para nosotros si ella estuviera en poder de los subversivos. Como el garaje estaba cubierto de humo, era imposible la visibilidad, me dirigí a rastra hacia el interior, por el camino encontré algunos cadáveres de guerrilleras uniformados de verde con un parche pegado en el hombro derecho que decía: "Fuerza militar con el pueblo con las armas al poder, y en el centro decía M-19". Encontré también equipos con uniformes, alimentos, cobijas, donde ellos se habían cambiado y la ropa civil, porque creo que ellos entraron de civil; algunas carros se encontraban envueltos en llamas y constantemente explotaban algunos petardos en otros vehículos, localicé la ametralladora y con la ayuda del Cabo Grisales, corrijo, Cabo González, perteneciente a esta unidad, sacamos la ametralladora; en esta recuperación fue herido el soldado Avila, de esta unidad, la herida fue en la cabeza y a un Sargento del Guardia Presidencial le dieron un disparo en una pierna, el Sargento salió, pero el soldado quedó en la línea de fuego mal herido, me volví a auxiliar el soldado, pero era imposible porque se encontraba en un sitio difícil de llegar hasta él porque al pasar la puerta en la parte de arriba del siguiente piso se encontraba una guerrillera con una ametralladora disparando hacia abajo, opté por conseguir un lazo para amarrar al soldado y sacarlo, porque se encontraba casi inconsciente, sangrando, yo le tiré el lazo y le grité que se agarrara fuerte de el, el soldado cogió el lazo y al apretarlo le salió sangre de la herida con mayor intensidad, debilitándolo; por fin lo logré amarrar por un pie, pero para sacarlo había que neutralizar el fuego que venia de arriba; solicite unas granadas al Comandante del Batallón Guardia Presidencial para distraer así a los subversivos y poder sacar al soldado; un oficial del Guardia Presidencial me dijo que lo apoyara en fuego para el poder subir y lanzar las granadas; de inmediato después de explotar las granadas entré y saqué al soldado y cuando venía con los fusiles que habían quedado del soldado y Sargento del Guardia, fui sorprendido por una granada lanzada de la parte de arriba y como quedé mal herido en las piernas, los guerrilleros disparaban a mi cuerpo, pero como me estaban apoyando con fuego no alcanzaban ellos a puntar y ningún proyectil me alcanzó; salí de rastra y fui auxiliado y evacuado al Hospital Militar. De ahí no se más; estos hechos ocurrieron desde las tres de la tarde hasta las siete de la noche. Durante este lapso de tiempo se desactivaron algunos petardos por agentes del DAS expertos en explosivos y se pasó revista minuciosa de todos los vehículos que habían en el interior, se sacó todo el material que habían dejado los guerrilleros, como cinco morrales que contenían cada uno de ellos un vestido verde, una chaqueta de doble faz, dos tarros de salchichas, dos tarros de leche condensada, un brique, un cepillo de dientes, dos bolsas como con avena, algunos tenían toallas higiénicas, cachuchas verdes, banderolas del M-19, una tula militar que no sé qué contenía, estos elementos que fueron entregados a la salida a un señor Capitán Carvajal del Batallón Guardia Presidencial... Al comienzo era difícil la visibilidad por el humo producido por los vehículos estallados, vi muchos cables, unas trampas cazabobo sin activar, que consta de tres estacas que al tocarlas explotan, costales con tierra y petardos sin activar, los dos vehículos de acarreos con los que penetraron ellos al Palacio, dentro de estos había mucha herramienta, como martillos, azadones, barras y una caja llena de banderas alusivas a este movimiento..." (folio 6, Juzgado Sesenta de Instrucción Penal Militar).
La gran trascendencia que tuvo la operación de las unidades blindadas, según lo narrado por los testigos, consistió en que por el sótano penetraron los primeros destacamentos de la fuerza pública, dando comienzo a la recuperación del edificio y al proceso de liberación de rehenes. Al efecto, en acciones que se iniciaron pocos minutos después de la una de la tarde, fue posible realizar el plan de contraataque militar, presionando la retirada de los guerrilleros a los pisos superiores. Siendo importante anotar que la sangrienta y prolongada batalla causó numerosas bajas en ambos bandos, dio lugar al primer incendio en el sótano y se caracterizó por el empleo de armas automáticas, bombas y explosivos. Al mismo tiempo que se desarrollaba el feroz combate del sótano, las fuerzas militares también contraatacaban al frente de la Plaza de Bolívar. Aproximadamente a las dos de la tarde entró un vehículo Cascabel al primer piso del Palacio, en insólito e impresionante episodio, que en todos sus detalles fue cubierto por la radio y que la opinión pública pudo ver en documentales de televisión. El ingreso de este poderoso aparato militar destruyendo la majestuosa e imponente puerta, adquirió especial dramatismo y sumió en el suspenso a quienes seguían consternados el curso de los acontecimientos.
Resguardándose con el carro blindado rápidamente ingresaron al primer piso varios miembros de las fuerzas del orden, con el propósito de tomar posiciones para establecer una base de acción coordinada con la fuerza que ya se encontraba en el sótano. Las ráfagas de ametralladora, como es obvio, obligaron a los guerrilleros a reagruparse, a su vez, en posiciones distintas a las que les daba el control total del interior del Palacio, recurriendo a nuevas tácticas, esta vez defensivas, con el empleo de las armas de mayor poder destructivo (bombas, rockets y demás explosivos), sin haber logrado resultados positivos. El Palacio se convirtió en un gran campo de batalla, produciendo angustia, temor y desesperación entre los rehenes. El doctor Ramiro Borja, Magistrado Auxiliar del Consejo de Estado, en declaraciones a la radio, describió como infernal el ambiente que se vivía.
Con la entrada de otro tanque y de nuevos refuerzos militares, se logran mayores avances de las fuerzas del orden que extienden la contraofensiva al segundo piso, haciendo posible la liberación de los primeros rehenes y el retiro de heridos a centros de asistencia hospitalaria.
Pasamos a mencionar las operaciones llevadas a cabo, también desde el medio día, por unidades especializadas de la policía, pertenecientes al COPES (Curso de Operaciones Especiales), que fueron transportadas en helicópteros a la parte superior del Palacio, con el objetivo de liberar a los Magistrados y demás rehenes que se encontraban en las oficinas del cuarto piso.
Sobre este particular declaro el Capitán de la Policía William Rafael Contreras Rodríguez:
«...El día 6 de noviembre, aproximadamente a las 12:00 horas fuimos enterados por el señor General Victor Delgado Mallarino, Director General de la Policía, sobre la toma del Palacio de Justicia al parecer por un grupo subversivo, ante lo cual ordenó la preparación del personal que integraba el COPES, para actuar ante tal situación, ante lo cual nos trasladamos a la Dirección General de la Policía, habiendo recibido instrucciones precisas por parte del citado General sobre cómo se encontraba la situación. Acto seguido, se ordenó el traslado al Palacio de Justicia, utilizando para ello tres helicópteros de la Policía, con la misión de descender por la azotea y penetrar al edificio, más exactamente al cuarto piso, y evacuar al personal de Magistrados que se encontraban en las oficinas del cuarto piso, ya que según nos lo manifestaron, hacía pocos minutos habían informado telefónicamente que ellos se encontraban en el cuarto piso y que los guerrilleros no habían llegado aun a ese piso Nosotros descendimos en la azotea aproximadamente a las dos de la tarde, y permanecí (sic) la mayor parte en la terraza del edificio, ya que la misión particular mia era la de brindar seguridad en la terraza. Primeramente llegamos catorce hombres, era el primer viaje que hacían los tres helicópteros: dos pequeños que llevaban de a cuatro hombres y el otro que era donde yo venía, iban seis hombres...". (Folio 158, Juzgado 30 de Instrucción criminal) .
Por su parte, el Capitán de la misma Policía Nacional, Carlos Alberto Orjuela Sánchez, expresó:
«...Estuve en el Palacio de Justicia el día 6 de noviembre, previa orden del señor Director General de la Policía, me encontraba en la Escuela Gonzalo Jiménez de Quesada, en una demostración de operaciones especiales a los señores Directores de Policía a nivel suramericano y allí se encontraba mi General Delgado Mallarino, Director General de la Policía. Se tuvo conocimiento de la toma del Palacio por parte del M-19, ordenándome mi General organizar los grupos con el fin de dirigirlos al Palacio de Justicia. Salimos de la escuela con dirección al Palacio de Justicia, en dos helicópteros, uno al mando del Capitán Aníbal Tulero Cruz (fallecido) y el otro al mando del suscrito. Salimos aproximadamente a las doce del día, previa orden de mi General Delgado, hacia el Palacio de Justicia y una vez en el aire recibí la orden de trasladarme con los dos helicópteros al Despacho del señor Director General de la policía, mediante planos del palacio y esperamos que nos dieran la orden de salir al Palacio de Justicia. Nuestra misión principal que me dio mi General Delgado fue la de aislar el cuarto piso, brindarle la protección a los señores Magistrados y hacer la evacuación porque, según informaciones, se decía de que los guerrilleros, aclaro, se sabia que los guerrilleros se encontraban en el sótano, primer piso y parte del segundo piso. Una vez llegamos al Palacio de Justicia en helicóptero, por la azotea del mismo, logramos ganar inicialmente toda la parte de la terraza, procediendo al operativo previamente planeado. En la llegada a la terraza del palacio, que se hizo en dos helicópteros, uno al mando del extinto capitán Talero, y otro al mando del suscrito, en cada helicóptero iban seis hombres incluidos nosotros, procedimos a desembarcar en helicóptero estacionario, saltando a la terraza y tomando control de seguridad, repeliendo el ataque, y lo helicópteros se regresaron cada uno tomó su posición que se había acordado, procediendo a hacer la penetración por una claraboya, tan pronto se levantó la tapa fuimos recibidos a tiros, se nombró seguridad con el fin de evitar la salida del personal subversivo por esa claraboya y simultáneamente por la otra claraboya estaba entrando otro grupo por donde pudimos penetrar por medio de una escalera de varilla doblada, incrustada en la pared, a mano derecho había un cuarto pequeño, al parecer de una motobomba y pegada a éste una puerta metálica con cerrojos y llave, la cual procedimos a tumbarla mediante disparos de galil a las bisagras, pasamos la puerta, nos entramos con el Capitán Talero, encontrando un hall, una pequeña escalera que continuaba a mano izquierda, una vez bajados los primeros escalones hubo intercambio de disparos hasta lograr llegar al hall, el cual conducía mano derecha por un corredor o hall donde habían dos ascensores a mano derecha; en seguida de estos, una sala de conferencias con puerta de vaivén, ahí terminaba ese corredor y posteriormente a mano izquierda se encontraba el resto del pasillo del cuarto piso hasta donde se podía observar por cuanto no había luz y en su interior del edificio estaba inundado de humo negro, producto de granadas de humo, lanzadas por los guerrilleros, porque de pronto cuando estaba como aclarando sonaba el estruendo y volvía y salía cortina de humo. Avanzamos hasta ese recorrido (sic) del pasillo del cuarto piso, donde hubo enfrentamiento desde la entrada por la puerta metálica hasta ese sitio, hasta ahí entré, cuando a las 5:30 más o menos me cayo una granada cerca, una granada de fragmentación y me alcanzaron algunos fragmentos y al mismo tiempo una ráfaga de ametralladora, habiendo recibido tres impactos... Al verme herido, retrocedí arrastrándome, llegando en mi auxilio dos de mi grupo: el Teniente Bermúdez y el Teniente Aldana, tan pronto me recuperé de la onda explosiva producida por la granada, hubo otro intercambio de disparos y al asomarme a la esquina del pasillo, el galil que portaba en las manos me pegó en el pecho, dispare, saliendo solamente un disparo y pensé que se me había acabado la munición y procedí a cambiar el proveedor, Observando que el proveedor tenía munición y tenía un impacto o hueco producido por un tiro, o sea que cuando el fusil me pegó en el pecho fue por el impacto del tiro que me dio en el proveedor, procediendo a cambiarlo con un proveedor que me dio el Teniente Aldana; hubo otro intercambio de disparos y una vez que hubo un silencio prolongado me devolví y hablé con el Capitán Talero, que se encontraba en el hall mencionado prestando seguridad al grupo que habíamos entrado, lo enteré de la situación de lo que estaba ocurrido allí y pasó a relevarme" haciendo mi salida por la misma claraboya en que entre, comuniqué por radio de Halcón Uno estaba herido que enviaran el helicóptero para la evacuación. Halcón Uno era yo y Halcón Dos era Talero, dentro de las informaciones que le di al compañero le dije que estaba casi seguro que habían francotiradores con miras telescópicas nocturnas o sea con lentes infrarrojos, porque en sus disparos eran muy precisos. Una vez salí a la terraza comuniqué al helicóptero por medio de la central para la evacuación de Halcón Uno, a los quince minutos aproximadamente me informó el Teniente Aparicio que habían herido al Capitán Talero, ordenándole al Teniente me confirmara la versión dada por el, esa me lo dijo él personalmente, saliendo a la terraza, mientras el Teniente confirmaba comuniqué por radio que Halcon Uno y Halcón Dos se encontraban heridos; al rato regresó el Teniente Aparicio diciendo que mi Capitán Talero le habían pegado un tiro en la cabeza, acto seguido comunique por radio que Halcón Dos había muerto y que enviaran helicóptero para la evacuación de Halcón Uno. Aproximadamente a las seis y cuarto llego el helicóptero para la evacuación y en forma estacionaria nos agarramos del patín del helicóptero, logrando ubicarnos dentro con el Teniente Aparicio, quien se encontraba también lesionado en una rodilla, en el momento de descender del helicóptero, saliendo en dirección al Hospital Militar. ... ". (Folio 407), Juzgado Treinta de Instrucción Criminal).
Sobre la muerte del Capitán Talero informó el Subteniente Wilson Aparicio Chacón lo siguiente:
«...A él le pegaron un tiro en el pómulo derecho, murió instantáneamente, me di cuenta porque estaba muy cerca de él, y el cadáver se intentó sacarlo, pero no se pudo debido a los continuos ataques de los guerrilleros, ya que se encontraba en la línea de fuego... Habíamos avanzado por todo el corredor, llegamos al primer recodo que era donde estaba la oficina que le digo, ahí nos quedamos y cuando nos íbamos a devolver, él salió de primero y ahí fue cuando le dieron, él quedo tendido en ese corredor largo. . . Allá llego el Teniente Aldana Avila Orlando, el Subteniente Bermúdez, el Capitán Talero y mi persona; de regreso fue que mataron a mi Capitán Talero y a Aldana le dieron un tiro en una pierna... La posición era buena porque podiamos cubrir un poquito más, pero quedamos allá metidos en esa oficina, pero las llamas ya empezaron a asediar y también tuvimos que salir por la calor...". (Folio 256 del mismo Juzgado).
De las declaraciones transcritas, y de las demás pruebas del proceso se deduce que el operativo fue planeado con el mejor de los propósitos, el de liberar a los Magistrados, en el cuarto piso, y que se encomendó a unidades especializadas, con trayectoria en acciones de gran riesgo y peligro, altamente calificadas y de gran valor personal. Lamentablemente no tuvo éxito y produjo notables bajas que afectaron sin lugar a dudas a sus demás integrantes. No es difícil suponer que la llegada en helicópteros del personal a la terraza, desde las primeras horas del medio día alerto a los guerrilleros, permitiéndoles preparar el contraoperativo, con sus mejores elementos y con las armas mas sofisticadas que poseían. La falta de servicio de energía, agravada con la mayor oscuridad producida por el humo de las bombas, y la misma arquitectura del edificio, les facilitó ubicarse en sitio seguro con la mira hacia el único lugar por donde podían aparecer los agentes del orden. La puerta de hierro difícil de abrir fue también factor favorable a la subversión.
El incendio, finalmente, obligo a todos los integrantes del COPES a retirarse del lugar sin haber logrado rescatar el cadáver de su Comandante Talero Cruz, lo que a la postre los desmotivó y lleno de pesar.
Es sorprendente la habilidad de quienes lograron llegar a la oficina del Magistrado Baquero y regresar con vida. Y digna de admiración la forma como los sobrevivientes consiguieron evacuar a sus compañeros heridos.
Los restos calcinados del cadáver del Capitán Talero no permitieron la descripción de la herida, aunque los oficiales compañeros, como ya se vio, afirmaron que el proyectil había penetrado por el pómulo derecho.
Así terminó, al menos por ese día, la operación del COPES en el cuarto piso.
Este operativo ha dado lugar a controversias, como se verá más adelante. Para mejor comprensión de lo acaecido en esta eventualidad, es conducente reflexionar sobre la diligencia de inspección judicial practicada por el Juzgado Treinta de Instrucción Criminal Ambulante, que aparece a folio 341 y siguientes del cuarto cuaderno formado por su despacho.
INTENSIFICACION DE HOSTILIDADES - DEMANDA DE CESACION DEL FUEGO
Desde el ingreso al Palacio de las fuerzas militares por el sótano, el primer piso y la terraza del edificio, hubo combates continuos, con muy pocas pausas. Las ráfagas de las armas automáticas, las bombas, los explosivos y los rockets presagiaban una gran tragedia. El piso resultó ser el único medio de defensa de los cautivos; los gases lacrimógenos, la carencia de alimentos, la oscuridad, el funcionamiento deficiente de los teléfonos, la falta de agua y de servicios esenciales, tornaron más dantesco el panorama. Los gritos de proclama de los entusiastas de la subversión, rara vez se oían. Fueron reemplazados por ruegos y súplicas de cese al fuego por parte de los rehenes, víctimas inocentes de la contienda armada.
Para poner fin al conflicto o lograr una suspensión temporal, siempre se confío en la posibilidad de intervención de la Cruz Roja, de la Comisión de Paz o de cualquier otro mediador de buena voluntad.
En una entrevista radial un guerrillero que se identificó como Luis Otero y se llamo supremo comandante del "Operativo Antonio Nariño por los Derechos del Hombre", que la subversión venía ejecutando a través de la autodenominada compañía Iván Marino Ospina del M-19, exigió la cesación inmediata del fuego y el comienzo de conversaciones con el alto Gobierno, conducentes a la realización de los objetivos revolucionarios, uno de los cuales, como ya se vio, era el de conseguir la asistencia del doctor Belisario Betancur, Presidente de la República, para someterlo a juicio que debía adelantar la misma Corte Suprema, en el Palacio ocupado, exigencia que formuló bajo graves amenazas. La respuesta del Gobierno fue pronta y terminante, en el sentido de que no habría tales conversaciones ni suspensión de las acciones militares, ya iniciadas, que estaban encaminadas a rescatar a los rehenes, recuperar el Palacio de Justicia, restablecer el orden, capturar y sancionar a los responsables del ataque.
Planteadas las posiciones entre las fuerzas del orden y la subversión, en el terreno armado, se produjo, después de cruenta intensificación de las hostilidades que tuvieron como escenario, naturalmente, los lugares más cercanos a los refugios de rehenes y guerrilleros. Un grupo de subversivos, al mando del mencionado Luis Otero, irrumpió en la oficina en donde se encontraba el Presidente de la Corte, doctor Alfonso Reyes Echandía, para ratificarle su calidad de rehén hacerle saber que su suerte y la de los demás compañeros de infortunio estaba atada al resultado de las demandas y condiciones formuladas al Gobierno. La situación se agravó al extremo de que sólo se consideró posible la solución armada, por las posiciones antagónicas y las motivaciones que se dieron por unos y otros para no acudir al diálogo. El doctor John Agudelo Ríos, Presidente de la Comisión de Paz, refiriéndose días después a esas actitudes inmodificables, expresó:
«Aun cuando parezca paradójico, los trágicos sucesos del Palacio de Justicia se debieron a dos sinceros optimismos encontrados: El del Gobierno, que creyó siempre, sin duda alguna, que el M-19 se entregaba, y el del M-19, que creyó siempre que el Gobierno no negociaba. Eso, simplemente, produjo la catástrofe que todos lamentamos".
DIALOGO DEL PRESIDENTE DE LA REPUBLICA CON LOS EX PRESIDENTES Y LOS CANDIDATOS.
El Presidente Betancur, desde la casa Privada, dialogó telefónicamente, con los señores ex Presidentes de la República, con los candidatos presidenciales y con los directivos del Congreso a quienes les suministró amplia información y de quienes requirió opinión sobre los acontecimientos del Palacio y la injusta retención de los Magistrados de la Corte y del Consejo de Estado, de los demás funcionarios y aun de los visitantes.
«Más o menos desde las 3 de la tarde -declaró el Presidente- empecé a tomar contacto telefónico con los señores ex Presidentes de la República, doctores Alberto Lleras Camargo, Carlos Lleras Restrepo, Alfonso López Michelsen, Misael Pastrana Borrero y Julio César Turbay Ayala y con los aspirantes a la Presidencia de la República doctores Virgilio Barco Vargas, Alvaro Gómez Hurtado y Luis Carlos Galán Sarmiento. Unos de ellos estaban fuera de Bogotá y otros fuera del país. No recuerdo exactamente en qué orden conversé con ellos ni cuál fue el contenido exacto de dichas conversaciones en cada caso, pero, en términos que fueron comunes para todos, y según el momento en que se realizaba la conversación, yo les suministraba la información que tenía y les comunicaba también la decisión del Gobierno de no negociar, no suspender el operativo que la fuerza pública había puesto en marcha y ofrecer a los asaltantes, como era nuestro deber, el respeto a su vida e integridad personales y el seguimiento del juicio que ordenan las leyes vigente.
Mis distinguidos interlocutores siempre expresaron agradecimiento por la información suministrada, solidaridad para con las instituciones y el Gobierno deseos fervientes de que la situación fuera superada de manera satisfactoria. Encontraron conveniente para el país, a más de ajustada a la Constitución y a la ley, la posición asumida por el Gobierno».
Los ex Presidentes, en declaraciones rendidas ante este Tribunal, hicieron referencia a los diálogos con el señor Presidente Betancur, en términos que deben dejarse consignados en nuestro informe, por su trascendencia e importancia, y por tener relación con la forma como el Gobierno manejó la situación del Palacio de Justicia, durante los días 6 y 7 de noviembre de 1985, que ha originado controversia entre los colombianos.
La transcripción de los términos se hace en el orden cronológico en que fueron rendidas.
El pasado 20 de marzo, se recibió declaración al señor expresidente doctor Julio César Turbay Ayala, quien expresó:
«...Por la radio tuve conocimiento como la mayoría de los colombianos, de que un grupo subversivo perteneciente al movimiento diez y nueve de abril (M-19) había invadido, portando armas de uso privativo de las fuerzas armadas, el Palacio de Justicia. Por la misma fuente de información oí que los invasores del Palacio amenazaban de muerte a los señores Magistrados de la Corte Suprema de Justicia y Consejeros de Estado. Mi impresión fue obviamente de sorpresa por la gravedad y magnitud del atentado terrorista y mi reacción inmediata fue la de ponerme en contacto con el Presidente de la República y sus Ministros para ofrecerles mi solidaridad democrática.
Antes de que yo hubiera logrado comunicarme telefónicamente con el Palacio Presidencial, recibí una llamada del Ministro de Gobierno doctor Jaime Castro, quien me manifestó estar en el Palacio de Nariño, ocupándose con el señor Presidente y algunos otros de sus colaboradores, en el estudio de las medidas que deberían adoptar por parte del Gobierno en defensa del orden constitucional transitoriamente quebrantado por los asaltantes del Palacio de Justicia.
No podría precisar si fue el señor Ministro de Gobierno en su conversación o los noticieros radiales los que me permitieron conocer la noticia de que soldados del Batallón Guardia Presidencial se dirigían hacia la sede de la Corte Suprema de Justicia y del Consejo de Estado. Yo le manifesté al doctor Castro, Ministro de Gobierno, que deseaba conversar con el señor Presidente Betancur para expresarle mi repudio del acto terrorista. El me dijo que el Presidente en ese momento se encontraba ocupado en algunas conversaciones de larga distancia, pero que sabía que el Jefe del Estado se proponía hablar conmigo en muy breves momentos.
Evidentemente, después de diez minutos el Presidente Betancur me llamó por teléfono y antes de que él me hiciera cualquier planteamiento yo le expresé, como también se lo había expresado ya al Ministro de Gobierno, mi rechazo y condenación del acto terrorista que se había cumplido contra el Palacio de Justicia. El señor Presidente Betancur me informó que había estado haciendo consultas telefónicas con los ex Presidentes de la República para informarlos de los hechos y para comunicarles de su decisión de rechazar el acto terrorista y restablecer el imperio de la normalidad constitucional. El Presidente al informarme a mí mismo de su decisión me expresó que era una decisión tomada en completo acuerdo con los mandos militares. Yo sentí que era mi obligación hacerle una muy breve síntesis de mis experiencias con la toma violenta de la Embajada Dominicana y le manifesté que mi impresión era la de que si se les permitía un tiempo para reflexionar no reacionarían en la forma criminal que los había determinado a asaltar el Palacio agregándole que a mi juicio, unas personas que tuvieran tiempo para pensar vacilarían en jugarse la vida y concluirían en el arreglo en que concluyó lo de la embajada cuando se entregaron a cambio simplemente de preservarles la existencia. El me dijo que evidentemente su criterio y el de las fuerzas armadas era el de obtener, con el mínimo de sacrificios de vidas, el máximo de resultados en favor del restablecimiento del orden constitucional. Me ratificó la información que yo ya había oído sobre la marcha del Batallón Guardia Presidencial al Palacio de Justicia y se reafirmó en su decisión de actuar por los procedimientos que la Constitución pone al alcance del gobierno en estos casos para reprimir el alzamiento. Yo me declaré notificado y le manifesté que evidentemente el hecho ocurrido hacía indispensable la decisión que él me comunicaba.
Mi conversación con el Presidente ese día no fue más allá de lo que dejo relatado.
Al siguiente día me puse en contacto telefónico con él para conocer el confuso curso de los acontecimientos y me manifestó que el operativo militar estaba a punto de culminar en pocas horas con el rescate del Palacio de Justicia.
También y por razón de las ocupaciones presidenciales, el diálogo no se prolongó por más tiempo, pues él necesitaba atender los desarrollos de la muy delicada gestión oficial en que estaba comprometido.
Como es obvio, yo no fui consultado sobre estrategias, pues eso no correspondía determinarlas a los expresidentes pues es la función; constitucional del Presidente de la República la de decidir lo pertinente. No sé si se lo dije al señor Presidente Betancur, pero es mi opinión-deplorando desde luego el que se hubiera tenido que producir un tan alto número de víctimas humanas-, que la conducta asumida por él en ese momento era la que a mi modo de ver se identificaba con el mandato constitucional. Entrar a discutir sobre el inventario de víctimas es un proceso que le corresponde a los historiadores. A mí personalmente lo que me interesaba y me sigue interesando, es el hecho de haber encontrado acorde la decisión, del gobierno de rechazar el atentado terrorista y rescatar el Palacio de Justicia, con su mandato constitucional. Sobre este particular, fuera de que ustedes tuvieran algunas preguntas especiales que formularme, es todo cuanto tengo que decir...». (Folios 1788-1971).
El señor ex Presidente, doctor Carlos Lleras Restrepo, declaró el 31 del mismo mes de marzo, en los siguientes términos:
«...Me enteré como muchos otros colombianos, de que gentes del M-19, habían penetrado al Palacio de Justicia, y se habían apoderado como rehenes de los Magistrados de la Corte Suprema, por las transmisiones que se hicieron de la radio y la televisión. No recuerdo exactamente la hora en que tuve una llamada telefónica del señor Presidente de la República, pero no era avanzada todavía la tarde. El señor Presidente me informó sobre las exigencias que le formulaba el M-19 de presentarse en el recinto de la Corte para ser juzgado y me informó igualmente de que estaba tratando de convencer a los del M-19 de que abandonaran su loca empresa y se rindieran, dándoles la seguridad de que los sometería a un juicio imparcial. Yo le manifesté al señor Presidente que mi opinión era de que no podía aceptar él de ninguna manera las pretensiones de los del M-19 y él me dijo que esa era también su convicción.
Poco después, recibí una llamada del Ministro de Gobierno doctor Jaime Castro, quien me informó con bastante detalle de la toma del Palacio de Justicia. Le expresé lo mismo que le había expresado al señor Presidente y le dije que debía rodearse con la tropa toda la manzana del Palacio de Justicia. No se me informó por el Ministro Castro de que la tropa estuviera intentando entrar al Palacio, pero sí me dijo que éste estaba ya rodeado por la fuerza pública. Más tarde recibí una segunda llamada del señor Presidente en la cual me dijo que desgraciadamente se habla interrumpido la comunicación telefónica y que estaba tratando de que por medio de la radio hubiera comunicación con los asaltantes para reiterarles la seguridad de que sus vidas serían respetadas y para obtener la libertad de los Magistrados.
Cuando más tarde yo ya estaba pudiendo ver en la televisión la toma del Palacio por la tropa, recibí la llamada telefónica de una señora o señorita, entiendo que era la hija del doctor Tapias Rocha y ella, muy angustiada me pidió que consiguiera a un grupo de esposas e hijas de los Magistrados una entrevista con el Presidente de la República. Llamé inmediatamente al Presidente quien me manifestó que estaba listo a recibirlas inmediatamente y así lo comuniqué yo a la persona que me había llamado, porque ella me dejó el teléfono correspondiente a la casa en que los familiares de los Magistrados estaban reunidos. La misma persona me dio las gracias pero me dijo que no sabían cómo podrían llegar a Palacio y yo le manifesté que de seguro habría fuerza publica para garantizar el paso de las personas que se identificaran debidamente. Creo recordar que recibí una tercera llamada del señor Presidente quien me expresó con mucha preocupación, prácticamente con angustia, que se habían interrumpido las comunicaciones con el Palacio de Justicia. Después de eso yo seguí enterándome del curso de los acontecimientos por la Radio y la Televisión, como el resto de los Colombianos...». (Folios 1798-1799).
El señor ex Presidente, doctor Misael Pastrana Borrero, declaró el primero de abril:
«...En efecto, el día de la toma del Palacio de Justicia me encontraba en la ciudad de Montecarlo del Ducado de Mónaco y al entrar a mi habitación con mi esposa, hacia las cinco y media de la tarde, hora de Europa, ya que recuerdo que todavía había luz solar, hora que correspondía a las once y media o doce de Bogotá, recibí una llamada telefónica de Hamburgo, del doctor Otto Gutiérrez, funcionario del Consulado de Colombia en esa ciudad, quien me dijo que en ese momento un funcionario de la Flota Grancolombiana, creo que era el Director de la Oficina, estaba hablando con una persona y que en forma súbita el interlocutor le manifestó que tenía la impresión que en ese momento se estaban tomando por la fuerza el Palacio de Justicia. A los pocos minutos me llamó mi hijo Andrés Pastrana, quien me confirmó el hecho y puso en la bocina telefónica un radio a través del cual tuve oportunidad de conocer la transmisión que se estaba haciendo sobre lo acontecido. Hacía las ocho de la noche, estando además en mi habitación el Embajador de Colombia en Alemania, doctor Luis Carlos Barros y su hermana Betty, recibí una llamada del Presidente de la República, doctor Belisario Betancur, quien en forma inmediata me reiteró la toma del Palacio de Justicia por un grupo guerrillero integrante del M-19 y expresó que todo indicaba que estaba comandado por Almarales. Agregó que había hablado con los ex Presidentes Alberto Lleras Camargo, Carlos Lleras Restrepo y Julio César Turbay Ayala, quienes le habían manifestado su apoyo en defensa de las instituciones. No recuerdo si mencionó haber hablado ya con el ex Presidente López Michelsen, o que estaba tratando de localizarlo, ya que se encontraba en París. Me agregó que, según las informaciones iniciales todo indicaba que las pretensiones eran las de negociar con el gobierno sobre temas que comprometían altamente la existencia de toda la estructura jurídica de la Nación. Igualmente puso en mi conocimiento que había Magistrados como rehenes de los subversivos, pero sin determinar sus nombres y el número de los mismos. Le manifesté que por el conocimiento, fruto de lo que acababa de comunicarme y de las conversaciones que yo ya había sostenido con anterioridad, tenía la impresión que lo que estaba en juego no era un gobierno ni un sistema, casi ni la sociedad misma, sino todo el conjunto de valores que formaban parte de nuestras tradiciones, de nuestra existencia republicana y de la civilización de la que formábamos parte. Que el atentado mismo contra la sede de un órgano de poder que en Colombia había dado claras muestras en sus decisiones y en su proceder de total independencia frente al Ejecutivo; el hecho mismo de centrar la acción de violencia en un edificio situado en el corazón de los poderes públicos; la toma como rehenes de Magistrados no sólo prestantes por su cargo sino por su propio prestigio, implicaba que el alcance de la acción no era la búsqueda de una fácil transacción que implicara por parte del Gobierno concesiones sin comprometer las instituciones, o dinero, sino algo más de fondo que pudiera poner en peligro principios básicos de la vida del país.
Súbitamente el Presidente me manifestó que en ese momento entraba a su despacho el General Miguel Vega Uribe, acompañado si mal no recuerdo, del General Delgado Mallarino y me dijo "¿usted hablaría con el General Vega sobre lo que me ha expresado Le di respuesta afirmativa y el General pasó al teléfono, le expresé que consideraba que Colombia estaba al frente de una circunstancia y en un momento definitorio de su destino y que en esa definición las Fuerzas Armadas, como en tantas ocasiones en nuestra historia, tenían una altísima responsabilidad. En sus manos le expresé está en alto grado la responsabilidad ante una situación de tan complejas características. El General me agradeció mis conceptos. Virtualmente ahí terminó la comunicación con el Presidente.
Al día siguiente salí por tierra hacia Baden-Baden, cruzando la parte norte de Italia y nos detuvimos a almorzar en Milán, y en el restaurante en un aparato de televisión estaban pasando noticias, nos enteramos del incendio del Palacio de Justicia. Al llegar a Baden-Baden, recibí una llamada del Canciller Augusto Ramírez Ocampo, quien me manifestó que con motivo del incendio se había establecido una pausa y que parecía que salía una persona con bandera o pañuelo blanco que bien podía ser Almarales, por lo cual había alguna esperanza de que culminara la toma del edificio.
Estaba muy conturbado y me manifestó que los hechos habían tenido características más violentas de lo que había sido posible suponer.
Más tarde, entrada la noche, me llamó el Presidente Betancur, quien me informó muy entristecido que había culminado la ocupación con el saldo, trágico de la muerte de algunos Magistrados, mencionándome el nombre del Presidente de la Corte, doctor Alfonso Reyes Echandía. Como yo sabía que uno de los rehenes era mi entrañable amigo de toda la vida, Alfonso Patiño Roselli, le pregunté que si él estaba dentro del grupo de los Magistrados sacrificados y me respondió que no sabía todavía, pero en ese momento en que posiblemente alguien que escuchaba la conversación le informó que infortunadamente era uno de ellos. El señor Presidente terminó la conversación, manifestándome que estaba escribiendo la alocución con que se dirigiría al país. Puedo con certeza decir que nunca, o muy pocas veces había tenido un diálogo en el que se reflejara más pesadumbre, inquietud y quebranto de espíritu, pesadumbre que desde luego yo también compartí. Posteriormente sostuve varias conversaciones telefónicas con el Presidente informándome sobre el desarrollo ulterior de los hechos y las reacciones encontradas de la opinión ciudadana.
Con el fin de que no hubiera duda futura sobre mi solidaridad con el Jefe del Estado y no obstante esta conversación telefónica, le dirigí desde Baden-Baden un telex en tal sentido.
Lo único que considero pertinente agregar es que nunca tomo apuntes de conversaciones, ni registro de las mismas, por eso la fidelidad de lo expresado obedece a mi memoria y si hay errores considero en nada modifican lo sustancial de la conversación y de los criterios que en ella estuvieron inspirados ...». (Folios 1803-1806) .
El señor ex Presidente, doctor Alberto Lleras Camargo, el día 8 de abril, declaró:
«...El seis de noviembre estuve oyendo por radio todo el proceso de la toma del Palacio de Justicia, por los alzados en armas. En las horas de la tarde, que no puedo precisar exactamente, el señor Presidente de la República me llamó por teléfono y me hizo una sintética evaluación de lo que estaba ocurriendo en ese momento. Yo no tengo recuerdos de que el Presidente hubiera consultado mi opinión como se ha dicho tantas veces y la de los demás ex Presidentes, porque la conversación fue como se comprende de una gran movilidad y a medida que el Presidente me relataba lo que no sabia por los informes de la radio. En algún momento creo que el Presidente se refirió a mi condición de ex Presidente, en el mismo tono familiar y me preguntó qué habría hecho yo en esa emergencia. Yo le contesté que por todo lo que me había relatado hasta entonces, comprendía que tenía el Presidente un concepto muy claro de su obligación y que no difería mucho del que yo hubiera optado en circunstancias semejantes. No tengo recuerdo de que el Presidente me hubiera informado sobre la entrada de las tropas al Palacio de Justicia, ni si esa información se había dado por el radio y por consiguiente yo la conocía. De todas maneras le expresé al Presidente que yo consideraba que no había un camino distinto del que él me informó que estaba dispuesto a tomar y nuestra conversación que no fue muy larga, terminó. Creo que me dijo que consultaría la opinión de los otros ex Presidentes lo cual aprobé muy a gusto. Tampoco recuerdo precisamente si en el informe publico que hizo el Presidente sobre dicha materia se aclara en qué consistieron las opiniones de los expresidentes. Pero en el documento que nosotros dimos a conocer en las dos reuniones que tuvimos (los ex Presidentes), con el Presidente de la República, se ve muy claro que todos tuvimos desde el primer momento una opinión favorable a la manera como el Presidente condujo la situación hasta el final...>> (Folios 1940-1941).
El señor ex Presidente doctor Alfonso López Michelsen, el mismo día 8 de abril, declaró:
«...En primer término es necesario tener en cuenta que no fui testigo presencial de ninguno de los episodios a que se refiere la investigación. De lo único que puedo rendir testimonio es de las conversaciones sostenidas con el señor Presidente de la República durante las treinta horas en que se desarrollaron los acontecimientos materia de esta diligencia. Me encontraba en París, alojado en la residencia de la Embajada de Colombia, y aquella misma noche había tenido lugar una recepción en honor de la Cámara de Comercio Colombo-Francesa, que acababa de propiciar un encuentro entre exportadores colombianos e importadores franceses. Como a las seis de la tarde, hora de París recibí un llamada de Amsterdam en la que se me informaba que el Palacio de Justicia de Bogotá, había sido ocupado por un grupo de guerrilleros y que ya lo estaban desalojando. No le atribuí mayor importancia al asunto y me fui a cenar en casa de unos amigos, junto con el escritor Gabriel García Márquez y su señora esposa. Al regresar cerca de la una de la mañana, a mi domicilio, me encontré una anotación según la cual el señor Presidente de la República me había llamado por tres veces y me solicitaba comunicarme con él tan pronto como regresara a la Casa. Así lo hice.
En la primera conversación el doctor Betancur me informó acerca de la toma del Palacio por parte del M-19 y las exigencias que formulaba al Gobierno Nacional en el sentido de que se entablara una negociación para obtener la liberación de los rehenes que eran nada menos que los Magistrados de la Corte Suprema de Justicia y los Consejeros de Estado, conversamos por espacio de varios minutos y yo le manifesté que, cuando ejercía el mismo cargo, me había visto colocado ante un dilema semejante en el caso de José Raquel Mercado, secuestrado por el mismo M-19, o entregaba mis atribuciones de Jefe del Estado y accedía a sus exigencias, en el sentido de dictar determinadas medidas y derogar otras, interfiriendo inclusive con decisiones judiciales, o ponía en peligro la vida del líder sindical, si me negaba a hacer lo que ellos exigían. Le expresé al mismo tiempo mi simpatía ante la difícil situación que afrontaba y le ofrecí el apoyo que fuera necesario para sortearla con fortuna. El me informó entonces que la opinión que yo expresaba coincidía con la de los otros ex Presidentes y la de los jefes políticos de los partidos tradicionales. Me agregó que confiaba en que la operación se terminara en breve término y sin pérdida de vidas humanas, dejándome la impresión de que en el término de horas, al amparo de la noche, se iba a realizar una operación de rescate cuidadosamente preparada. Como quiera que entre los rehenes figuraba la señora del Ministro de Gobierno y el hermano del señor Presidente, doctor Jaime Betancur, quedé pendiente de sus noticias, poniendo el teléfono a una distancia de fácil acceso en el sitio donde dormía.
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