Por el cual se autoriza la publicación de un Informe
Tres horas mas tarde, fui informado de nuevo por el señor Presidente en el sentido de que los asaltantes se obstinaban en no rendirse y que se había desatado un incendio que, por el humo, no permitía proceder con la rapidez debida, como todos lo deseaban. En ese momento estaba presente el doctor Jaime Castro, con quien me crucé unas breves palabras deseándole que su señora saliera sana y salva y elogiándole la entereza con que había puesto sus deberes de Ministro por encima de cualquier consideración afectiva, al proceder según su conciencia. Unas horas más tarde se repitió la llamada para informarme sobre el feliz desenlace que había tenido la liberación de algunas de las vidas que estaban en peligro y la posibilidad de entablar el diálogo. Entre tanto yo había recibido comunicaciones del exterior según las cuales se le había impedido a la Cruz Roja entrar al Palacio de Justicia, siendo así, en concepto de mis informantes, que ésta hubiera sido el vínculo indicado para entablar el dialogo. El señor Presidente me respondió que, lejos de haberse obstaculizado por el Gobierno o por el ejército la presencia de la Cruz Roja, él mismo tenía interés en buscar cualquier medio de comunicarse con los guerrilleros. Sin embargo, para mayor seguridad, me ofreció cerciorarse personalmente de cuanto estaba ocurriendo y volver a informarme a la mayor brevedad. En efecto, no habían transcurrido treinta a cuarenta minutos cuando me reafirmó que las órdenes estaban dadas y vigentes para patrocinar el acceso del doctor Sáenz al Palacio de Justicia, con un mensaje escrito que se estaba redactando en esos momentos. Ya al día siguiente, supimos por la radio y la televisión francesa el trágico desenlace de la toma del Palacio de Justicia aún cuando en forma muy esquemática, sin nombres propios ni detalles que he venido a conocer después. Es todo.
Conviene, para mayor claridad, recordar las diferencias de horas entre Bogotá y París, para entender cabalmente qué estaba ocurriendo en Colombia simultáneamente con los diálogos que he relatado.
Así por ejemplo, el señor Presidente me llamó a la residencia en las horas de la tarde de Colombia, que son ya las de la noche en Europa, y cuando yo digo la una de la mañana en París eran las siete de la noche en Bogotá. Esto para explicar que, aún cuando los acontecimientos ya estaban ocurriendo, el sondeo sobre mi opinión era válido, en el sentido de que hubiera sido del mismo modo de pensar, si me hubiera correspondido tomar las decisiones con visión de futuro. En otros términos:
el señor Presidente me describió el cuadro como era, cinco o seis horas antes, para conocer el enfoque que yo le habría dado y corresponde rigurosamente al juicio que entonces formulé sobre la imposibilidad de comprometerse en una negociación en la que estuvieran de por medio los atributos presidenciales. Posteriormente, cuando ya todo estaba consumado, le manifesté al Jefe del Estado mi propósito de regresar a Colombia a la mayor brevedad posible y le insinué la conveniencia de aceptar una vieja idea del ex Presidente Turbay, en el sentido de realizar una reunión de aquellas que llaman "cumbres" entre todos los ex Presidentes para devolverle a la autoridad todo su prestigio y poder sortear con éxito los difíciles momentos que siguen a esta clase de episodios. El mismo señor Presidente me facilitó las conexiones para que pudiera estar de regreso en Bogotá en el término de horas y en breve término nos reunimos en casa del doctor Alberto Lleras, como fue de público conocimiento. En tal reunión reafirmamos sin reservas el respaldo que le habíamos brindado al señor Presidente, atribuyéndole, por lo demás, el carácter de excepcional y transitoria de esta reunión de exmandatarios, que mal puede convertirse en una institución nacional. Solamente la simultaneidad de las dos tragedias, la del Palacio de Justicia y la de Armero, justificaba, por lo menos a mis ojos, el que apareciéramos quienes estábamos retirados de la vida pública. constituyéndonos en una especie de cuerpo consultivo del gobierno...». (Folios 1938-1941).
Los candidatos presidenciales, igualmente, hicieron alusión, en testimonio rendidos ante el Tribunal, a las conversaciones telefónicas sostenidas con el señor Presidente de la República, sobre los mismos acontecimientos del Palacio de Justicia. En el mismo orden cronológico se procede a su transcripción.
El doctor Alvaro Gómez Hurtado, candidato a la Presidencia de la República, el 14 de abril declaró:
«...En el breve tiempo de una declaración no es posible decir todo lo que uno sabe sobre un episodio tan extenso. En cuanto a mi conversación con el señor Presidente de la República, fue así: El me llamó después del medio día para informarme que el M-19 era el autor del asalto del Palacio de Justicia y que habían decidido no conversar con los asaltantes porque ellos exigían para hacerlo un quebrantamiento del orden y de las instituciones. Yo le manifesté que yo sería solidario con su decisión en vista de que él tenía todos los elemento de juicio y simplemente agregué: en fenómenos como ese de terrorismo se requería proceder con energía pero al mismo tiempo con el máximo de inteligencia. Este es un desafío a la excelencia de las Fuerzas Armadas y de los sistemas que preservan el orden público. Lo que sigue es el ejercicio de la inteligencia. Nos despedimos manifestándole yo mis deseos por el éxito... ». (Folio 1981).
El doctor Virgilio Barco Vargas, candidato a la Presidencia de la República, el mismo día 14 de abril, declaró:
«...En realidad yo tuve esos días solamente un diálogo con el señor Presidente de la República, el seis de noviembre. Al regresar a mi casa de habitación, aproximadamente a las siete de la noche, fui informado de que había recibido un par de llamadas del señor Presidente Betancur y en seguida procedí a comunicarme con el Palacio de Nariño y ponerme a las órdenes del señor Presidente, quien me informó que ya había conversado con todos los ex Presidentes inclusive con el doctor López, a quien había localizado en Londres. Además me informó que también había hablado con los doctores Alvaro Gómez y Luis Carlos Galán. En seguida me manifestó que no habría negociación con los asaltantes, es decir, que el gobierno tenía la decisión de no ceder ante las exigencias de los asaltantes del Palacio, pero que les había ofrecido que estaba dispuesto a respetarles la vida y a un juicio justo si desistían de su propósito. El Presidente agregó que ya estaba montada y lista la operación militar para entrar al Palacio. Me dijo que ésta podía iniciarse tal vez a cualquier momento después de las diez de la noche. Le agradecí la información que me acababa de suministrar.
Como dato especial puedo agregar que una de las emisoras de radio, creo que RCN, remitió a las oficinas de la Campaña, copia de un casete que les había llegado, enviado por el M-19. Esta grabación de las proclamas de los guerrilleros es bien conocida porque había sido publicada. Oímos el casete, por cierto muy bien grabado... ». (Folios 1983-1984).
El doctor Luis Carlos Galán Sarmiento, candidato a la Presidencia de la República, el día 15 de abril, declaró:
«...La primera noticia de los acontecimientos en el Palacio de Justicia, la recibí a las once y cuarenta minutos de la mañana en la Comisión Tercera del Senado, cuando nos preparábamos para iniciar la sesión. Los empleados auxiliares nos dijeron a los Senadores que había disparos en las cercanías de la Plaza de Bolívar. En ese momento nadie imaginaba el origen ni se sabía en dónde, ni entre quienes se cumplía el enfrentamiento armado. Yo no le di importancia, pero a los pocos minutos, por indicaciones de la escolta del DAS, que me acompaña habitualmente y a manera de precaución, los Senadores presentes, entre otros recuerdo a William Jaramillo y Omar Yepes, nos trasladamos del recinto de la comisión a la oficina de la Presidencia, desde cuyas ventanas se puede apreciar el Palacio de Nariño. Allí vi algo más de ochenta soldados del Batallón Guardia Presidencial que después de rendir honores a un embajador rompían filas y tomaban posiciones acostados a lo largo de los prados y las esquinas de los patios que separan el Palacio del Capitolio. Anoto el episodio como prueba de la confusa situación inicial en toda la zona próxima a la Plaza de Bolívar. En esos momentos nadie sabía qué pasaba y se llegó a especular con que era un problema callejero o un ataque que podía extenderse no sólo al Palacio de Justicia, sino al Capitolio, al Palacio Presidencial o al edificio de los Congresistas. En menos de diez minutos llegaron desde el sur numerosas unidades de la policía para controlar el acceso a la zona... insistí en comunicarme con el Presidente Betancur y volví a llamarlo telefónicamente . Eran las cuatro y quince de la tarde aproximadamente. Le expresé mi solidaridad personal con él ante una crisis tan delicada y le manifesté, como Director del Nuevo Liberalismo, mi interés en ayudar a sortear la situación creada por el asalto al Palacio de Justicia. El Presidente me agradeció la llamada y me dijo que había conversado con el ex Presidente Pastrana y Turbay Ayala, y que el gobierno también había escuchado a los otros ex Presidentes y jefes políticos, todos los cuales estaban de acuerdo en que el Gobierno no podía negociar con el M-19. Desde luego el Presidente Betancur me expresó que la fuerza pública controlaba ya la mayor parte del Palacio de Justicia; que los guerrilleros con los principales rehenes estaban reducidos a una zona del Palacio de Justicia en tal forma que en ese momento todo dependía de la decisión de tumbar o no una puerta, pues una vez esto sucediera la fuerza pública lograría someterlos.
El Presidente Betancur me preguntó mi opinión.
A mi turno le pregunté al Presidente qué decía la fuerza pública sobre el margen de riesgo para la vida de los Magistrados y rehenes. El Presidente me dijo que no se podía garantizar la vida de la totalidad de las personas que allí se encontraban, pero que, según la fuerza pública sí existía la posibilidad de un desenlace plenamente exitoso al tumbar la puerta en tal forma que no muriera ningún rehén en esa operación definitiva. El Presidente me volvió a pedir mi opinión. Le contesté que era muy difícil opinar con los elementos de juicio a mi alcance y le pregunté entonces cuál era el criterio del Presidente de la Corte Suprema, pues yo había oído por radio el llamamiento al cese del fuego que había hecho el doctor Reyes Echandía. El Presidente guardó silencio. Le dije que si bien el Presidente de la Corte no era en ese momento un hombre libre, su punto de vista debería ser considerado porque en todo caso el doctor Reyes Echandía, tenía una apreciación de las circunstancias que debía tenerse en cuenta. Le expresé al Presidente que consciente de la dificultad para dar un juicio definitivo por la complejidad de la situación, en mi opinión el gobierno no debía precipitarse a una acción definitoria que arriesgara la vida de los rehenes. El Presidente Betancur me contestó que él comprendía eso y quería obrar en la forma que fuese menos arriesgada para la vida de los rehenes, pero sin aceptar negociación con los asaltantes del Palacio de Justicia. Me dijo que la Corte Suprema de Justicia era un poder independiente, tan independiente que inclusive ha dictado fallos en contra de los actos del gobierno. Me expresó que en esos momentos no veía claramente cuál podía ser la salida y me invitó a mantenerme en comunicación con él si se me ocurría algún camino. Me dirigí al Senado a donde llegué alrededor de las cinco y media de la tarde. Se discutía una proposición de apoyo al Gobierno y a los pocos minutos el Presidente del Senado, Alvaro Villegas, por considerar la Corporación que el proyecto estaba incompleto, decidió que una comisión de la cual formábamos parte, entre otros, Federico Estrada, Hugo Escobar Sierra, Marino Renjifo, Héctor Polanía y yo acordara el texto definitivo de la proposición. Hacia las seis de la tarde nos reunimos en la Secretaría General del Senado, ubicada en el costado oriental de la Plaza de Bolívar, desde donde se apreciaban los tanques y demás dispositivos militares que rodeaban el Palacio de Justicia y donde además, se escuchaba el estruendo de los disparos y explosiones que se producían en el Palacio de Justicia a un poco más de 100 metros de distancia.
En la Comisión se examinaron los diversos aspectos del proyecto de proposición. Se hizo énfasis en la solidaridad del Senado con los Magistrados cuyas vidas estaban amenazadas y se subrayó que el respaldo del Gobierno para reprimir el alzamiento se entendía dentro de las precisas atribuciones de la Constitución y las leyes.
Hacia las siete de la noche la comisión terminó de elaborar el texto definitivo. En el curso del intercambio de ideas mencioné la conversación con el Presidente Betancur y mi interés por saber si el Gobierno había tomado o no la decisión de tumbar la puerta clave que mencionó el Presidente y cuál habría sido el desarrollo de los acontecimientos puesto que habían transcurrido dos horas largas desde el diálogo con el Presidente y cabía suponer o que no se había tumbado la puerta o que, a pesar de haberlo hecho, la situación dentro del Palacio de Justicia era mucho más complicada de como la creía el Presidente Betancur.
Al terminar la sesión del Senado, se oyó una fuerte explosión, eran cerca de las ocho de la noche. Con Emilio Urrea tratamos de comunicarnos telefónicamente con el Presidente Betancur, pero después de varios intentos no fue posible que respondiera nuestra llamada...Llamé entonces al señor Ministro de Justicia... El Ministro Parejo me contestó, además, que el Gobierno, con la participación de todos los Ministerios había aprobado que el doctor Parejo hablara con Almarales puesto que ellos se conocían por ser oriundos de Ciénaga. Para tal efecto se había dispuesto que no se realizaría el ataque al cuarto piso, el lugar donde se hallaban los Magistrados de la Corte en la tarde del miércoles 6 de noviembre, mientras se adelantaba esa conversación.
Al escuchar este relato del Ministro pensé que el acceso al cuarto piso era la puerta a que había aludido el Presidente Betancur, pero como no conocí bien la distribución de las oficinas del Palacio de Justicia, no puedo afirmar esto con certeza, ni el Presidente me hizo mención alguna del cuarto piso en la conversación telefónica que tuve con él a las 4:15 de la tarde del miércoles.
Al continuar su relato el Ministro Parejo me contó que él esperaba concretar la conversación con Almarales, cuando el General Delgado Mallarino había ingresado al lugar donde se hallaba el Ministro para decir que la policía ya se había tomado el cuarto piso y no había encontrado nada. Como la toma del cuarto piso significaba el desconocimiento de lo dispuesto por el Gobierno, el Ministro Parejo protestó diciendo que no estaba claro, qué era lo que estaba haciendo o podían hacer los Ministros, pues la acción de la fuerza pública, al ingresar al cuarto piso, había impedido el diálogo con Almarales. El Presidente Betancur se había acercado al Ministro para pedirle que se calmara y que lo mejor era esperar, hasta saber qué había ocurrido para buscar otras alternativas. Según me refirió también el Ministro Parejo, el Presidente le había dicho que había demasiada tensión y era mejor no agravar la situación.
De acuerdo con lo que me refirió el doctor Parejo, a partir de ese momento los acontecimientos se precipitaron en tal forma que no fue posible volver a tener comunicación telefónica con el Palacio de Justicia, ni se pudo saber cuál era la suerte corrida por los Magistrados y demás rehenes. Al menos los Ministros no tenían noticia sobre ello en las primeras horas de la madrugada aun cuando se abrigaba la esperanza que hubiesen sido trasladados por los guerrilleros a otro lugar del edificio.
Estuvimos de acuerdo con el señor Ministro en que el criterio aconsejable era no negociar sobre las exigencias de la guerrilla, pero sí se debía intentar un diálogo humanitario para tratar de salvar a los Magistrados y rehenes... Pocas horas después-alrededor de las ocho de la mañana-, volví a llamar al Presidente Betancur para sugerirle que acudiera al doctor Fernando Hinestroza, como la persona más adecuada para comunicarse permanentemente con las señoras de los Magistrados, teniendo en cuenta que varios de ellos eran profesores del Externado de Derecho. El Presidente acogió la idea. Luego le expresé que yo era partidario de hacer una invitación para que cesara el fuego pues ya habían pasado catorce horas desde el momento en que el Presidente me había dicho que todo terminaba si se tumbaba la puerta que separaba a la fuerza pública del lugar donde se hallaban los guerrilleros y los rehenes. Le manifesté que yo era partidario de intentar lo intentable para salvar la vida de los rehenes así el Gobierno no pudiese negociar. Le dije que debía buscarse un diálogo humanitario. El Presidente Betancur me refirió entonces la conversación que había sostenido el General Delgado Mallarino con el Jefe guerrillero y la oferta gubernamental de garantizar la vida a los guerrilleros y un juicio imparcial. Agregó el presidente que él había pedido a las cadenas radiales que insistiera en ello, pues ya no había comunicación telefónica con el Palacio de Justicia. Le expresé mi propósito de hacer una declaración invitando al cese al fuego y el Presidente me repitió que en ese momento el único medio eficaz era la radio. . . El Presidente me dijo, que le había planteado al Consejo de Ministros mi punto de vista y que considerando esa opinión y otras razones se había acordado disminuir la presión militar para que la Cruz Roja ingresara al Palacio de Justicia a rescatar los heridos y a sacar los cadáveres. Me dijo que se había resuelto pedirle a la Cruz Roja que llevara un equipo de comunicación para intentar un diálogo humanitario con los guerrilleros. Después, a la espera de los acontecimientos, escuché con extrañeza en la radio que tan sólo dos horas más tarde empezó el ingreso de un alto funcionario de la Cruz Roja al Palacio de Justicia... a las 3 de la tarde cuando la radio anunció que todo había terminado llamé al Presidente Betancur, quien me confirmó el terrible balance de la tragedia...»
(Folios 2156-2163).
INTERVENCION DEL PRESIDENTE DEL CONGRESO.
El doctor Alvaro Villegas Moreno, Presidente del Congreso, desde la oficina del Capitolio Nacional, estuvo atento al desenvolvimiento de los hechos relacionados con la violenta ocupación del Palacio de Justicia, según narración que hizo en declaración certificada, que por su importancia, se transcribe más adelante.
El doctor Villegas Moreno tuvo la oportunidad de sostener conversaciones telefónicas con el Presidente de la Corte, doctor Reyes Echandía, quien insistentemente solicitó su mediación ante el Presidente Betancur, en orden a conseguir la cesión del fuego para salvar la vida de los Magistrados y de las demás personas injustamente retenidas.
Sobre los aspectos anteriores, el doctor Villegas declaró:
«...Debía atender a la doctora Clara Teresa Cárdenas y a otros funcionarios del DANE, quienes tenían cita a las once de la mañana en la Presidencia del Senado, para discutir sobre servicios que en materia de sistematización podría prestarle el DANE al Senado de la República. La entrevista se inició a las once y quince de la mañana cuando estábamos en ella, se escucharon unos disparos provenientes de la Plaza de Bolívar, los distinguí claramente y los comenté con mis compañeros. Se encontraba además conmigo, el Director Administrativo del Senado, doctor Alfredo Rey.
El funcionario del DANE no creyó que eso fueran disparos. manifestó que se trataba tal vez del ruido de algunos materiales de construcción que estaban descargando, puesto que en la esquina del Capitolio se estaba adelantando la remodelación del Convento de Santa Clara; sin embargo insistí en que eran disparos, pues se escuchaban ya ráfagas, de metralleta. Inmediatamente nos asomamos por las ventanas de la oficina de la Presidencia, vimos cómo corría la gente. Los disparos escuchados inicialmente correspondían a los que hicieron los guerrilleros del M-19 al ingresar por la puerta del garaje al Palacio de Justicia. Observamos la llegada de soldados y policías, algunos de ellos eran los que realizaban la guardia de vigilancia del Capitolio. Llegaron también soldados de los lados del Batallón Guardia Presidencial, al parecer atraídos por el ruido de las ametralladoras.
Antes de quince minutos el panorama mostraba soldados y policías tendido, en el suelo, disparando hacia el Palacio de Justicia, otros ya habían llegado hasta la fachada misma del Palacio de Justicia y tomaron posiciones al lado de la puerta, disparando hacia la parte interior del Palacio periódicamente, resguardándose detrás de los muros laterales en el momento en que se les respondía el fuego.
En el frente se colocaron otros, protegidos por el muro que forma la escala de entrada, disparando contra las ventanas, al interior y hacia la puerta superior del Palacio. Transcurrida más o menos una hora, ví llegar a la terraza del Palacio, helicópteros con tropa, éstos dejaban los soldados y volvían a tomar altura. Mientras tanto, la oficina de la Presidencia del Senado se fue llenando de visitantes, Senadores y empleados. En el resto del Capitolio se vivían escenas de histerismo, muchas secretarias lloraban y eran presas del pánico.
Di orden al jefe de seguridad de desalojar a los visitantes del Capitolio, con ellos se fueron muchos empleados, prácticamente se suspendió el trabajo en muchas de las oficinas. Es de anotar que las Comisiones Cuarta y Séptima continuaron sus deliberaciones mientras el ruido de las ametralladoras inundaba todos los rincones del edificio. Hubo propuestas generalizadas de los parlamentarios presentes para que se suspendieran las actividades, idea que rechacé y tomé la decisión de hacer sesión del Senado a las cuatro de la tarde. Más tarde ordené al Secretario que elaborara un proyecto de declaración para considerar en ella el respaldo del Senado de la República al Gobierno en esta emergencia, donde se solidarizaba con el Poder Judicial y condenaba la toma del Palacio. Más o menos a las dos de la tarde el Director Administrativo del Senado trató de comunicarse telefónicamente con el Magistrado Pedro Elías Serrano, quien había sido su Presidente de tesis y con quien conservaba una entrañable amistad. Lo logró. Se encontraba en su oficina y me solicitó que hablara con él. Lo hice. El Magistrado Serrano en ese momento estaba muy calmado. No había tenido ningún contacto con los guerrilleros del M-19, y le noté confiado, tomaba este incidente como uno más, me pareció que como todos los colombianos tomaba ésta como una osadía más de los díscolos que jugaban a la revuelta; me dio algunas explicaciones de lo que allí esta sucediendo y en ese momento no preveía él su trágico final.
Quienes estábamos presentes en la Presidencia, observábamos a través de las ventanas, las operaciones que se cumplían más o menos a ochenta o a cien metros de la fachada sur del Palacio de Justicia. Por ahí entre la una y las dos de la tarde llegaron a las Plaza de Bolívar cinco tanques Cascabel, tomando posiciones estratégicas. En principio creí que simplemente iban a cubrir una posible fuga o la salida de los guerrilleros, un poco después el primero de los tanques subió por las escalas orientales de la entrada del Palacio de Justicia, giró y se dirigió a la majestuosa puerta, siguió avanzando y la puerta cedió al empuje del tanque y se volvió añicos. El ruido de las ametralladoras era ensordecedor, yo había dado instrucciones a quienes en un número más o menos de veinte personas que me acompañaban en la Presidencia del Senado, para que dejaran libres las ventanas por temor a que una bala perdida pudiera provocar una desgracia. Más tarde vimos cómo salía del centro del edificio una columna de humo negro; un poco más adelante la misma operación del primer tanque que ingresó al edificio, fue realizada por dos tanques más.
En la terraza aterrizaron unos cinco helicópteros, calculo que cada uno podría traer doce hombres. Durante todo el día, observamos en la terraza soldados protegiendo ese sitio que indudablemente era un lugar estratégico. En ningún momento los guerrilleros tuvieron acceso a ella, lo cual hubiera ocasionado amplias dificultades para las operaciones que adelantaba el Ejército desde el exterior, al parecer la mayor parte de ellos penetraron al Palacio, por la puerta que comunica a la terraza con el interior. En la conversación de las tres de la tarde con el doctor Pedro Elías Serrano, quien en ese momento permanecía en su oficina, me dio un informe de la situación. El estaba localizado en el cuarto piso y me solicitaba que hablara con el señor Presidente para que consiguiera un cese al fuego a fin de dialogar. En una segunda llamada un poco después, hablé con el doctor Alfonso Reyes Echandía, Presidente de la Corte, me pidió que hablara urgentemente con el señor Presidente para que le diera tiempo de conversar, que él creía que eso se podía arreglar dialogando y pedía un cese al fuego, me dio el teléfono donde estaba, como en la ocasión anterior, hablé con el señor Presidente y le llevé el mensaje textualmente, le di el teléfono del doctor Alfonso Reyes, pidiéndole que lo llamara y que él mismo le comunicara qué pensaba o qué podía decidir sobre su solicitud.
Se produjo una nueva comunicación con la Corte, esta vez fue del doctor Reyes Echandía con la Presidencia del Senado. Estaba angustiado, se oían disparos cerca del teléfono, según manifestó, se encontraba acompañado por varios guerrilleros quienes había llegado hasta su oficina y estaban al parecer amenazándolo a el y al resto de Magistrados que le acompañaban; dramáticamente el doctor Reyes me comunicó "estamos en el cuarto piso, los soldados están en el tercero, los asaltantes notifican que si las tropas suben al cuarto piso nos matan a todos, nos van a matar, doctor Villegas, haga algo", me decía el doctor Reyes.
Luego me pasó al teléfono a uno de los guerrilleros. Este guerrillero en forma genérica me notificó, "dígale al señor Presidente que si siguen disparando vamos a volar el Palacio de Justicia, tenemos en el sótano dinamita suficiente para hacerlo y que nos morimos todos, pero dígaselo urgentemente" . Trasmití de nuevo al señor Presidente los mensajes recibidos y le dije que el doctor Reyes estaba esperando su llamada, el señor Presidente me dijo que al parecer el teléfono estaba desconectado, porque allí no contestaban. Yo le aclaré que no podía ser cierto porque yo acababa de colgar el teléfono y de hablar con el doctor Reyes; notificaba que los iban a matar a todos. El señor Presidente me dijo: "quiero contarle a usted solamente que yo no voy a negociar, que he tomado esta decisión y la he consultado con los señores ex Presidentes, con el doctor López que está en Europa--me dijo--, con el doctor Pastrana que está en Mónaco, con el doctor Turbay, con los doctores Alberto Lleras y Carlos Lleras, con los candidatos doctor Gómez Hurtado, doctor Barco Vargas y con el doctor Galán Sarmiento" y que su decisión final era no intervenir.
Me agregó el señor Presidente, que había dado instrucciones al Director General de la Policía, general Víctor Delgado Mallarino, para que se comunicara con el doctor Reyes Echandía y por su intermedio se ofreciera a los guerrilleros que el Gobierno estaba dispuesto a garantizarle un juicio imparcial, vigilado por la misma Corte Suprema de Justicia, si se entregaban. Me afirmó el señor Presidente que el General Delgado Mallarino había hablado ya con los guerrilleros y les había transmitido la posición del Gobierno. Al terminar la conversación con el Presidente procedí a llamar a la Corte Suprema de Justicia, me contestó la Secretaria del doctor Reyes Echandía, luego pasó el doctor Reyes y le transmití el texto de mi conversación con el señor Presidente.
El doctor Alfonso Reyes Echandía se dolió de no haber conseguido que el señor Presidente se dignara pasarle al teléfono.
Antes de la sesión se produjo otra conversación conseguida por el doctor Alfredo Rey, desde el teléfono de la Presidencia con el Magistrado Pedro Elías Serrano Abadía. Después de un primer diálogo entre los dos, pasé a conversar de nuevo con el doctor Serrano, estaba alarmado con la situación que se vivía, los disparos se hacían ya desde su oficina, me declaró que él, junto con el Presidente de la Corte y otros Magistrados estaban en poder de los guerrilleros como sus rehenes, transmitió la súplica de los Magistrados para que yo interviniera ante el señor Presidente y lograra un alto al fuego, y se agotaran todos los recursos para conseguir lo que ellos querían. En ese momento el Senador José María Velasco Guerrero, quien estaba presente, me pidió lo anunciara ante el doctor Serrano. Todos escuchamos su conversación, le manifestó su solidaridad, le recalcó que estábamos con ellos y los esfuerzos, tanto del Presidente del Senado como de todos los presentes y nuestra voluntad de hacer cuanto estuviera a nuestro alcance para darles la ayuda que ellos estaban pidiendo.
A las cuatro y media de la tarde, nos dirigimos hacia el recinto del Senado para iniciar la sesión citada; me parecía que el país debía saber que la institución estaba presente ante las dificultades que se vivían en ese momento. Por demoras en la redacción de la mencionada declaración sólo hasta las cuatro y treinta pudimos iniciar la sesión. El doctor Crispín Villazón, por instrucciones mías a través de las emisoras había hecho anunciar la sesión del Senado y fue así como tuvimos una buena asistencia, con cerca de setenta Senadores que se hicieron presentes en el salón de sesiones.
Tiempo después de iniciar la plenaria, aproximadamente a las 7:15 de la noche, un subalterno llegó al recinto y me avisó que de nuevo me necesitaba urgentemente en el teléfono de mi oficina el doctor Reyes Echandía. Quedó presidiendo la sesión el primer Vicepresidente, doctor Ancízar López. Subí al segundo piso donde estaba ubicada la Presidencia y marqué el número telefónico que previamente me había indicado el señor Presidente de la Corte; me contestó su secretaria, hablé con él, estaba alterado, descompuesto, me dijo que no había sido posible aún que el Presidente le pasara al teléfono pese a que él lo había llamado por muchas ocasiones, que los iban a matar, que por favor consiguiera un alto al fuego, que a nombre de ellos actuara. Le dije que inmediatamente lo haría, llamé al Palacio, y no fue posible hablar con el Presidente. Estaba en una sesión del Consejo de Ministros.
Luego conseguí hablar con el doctor Augusto Ramírez Ocampo, Ministro de Relaciones Exteriores y le transmití el dramatismo de la situación; le solicité que hiciera él algo, que le comunicara al Presidente lo que estaba sucediendo, resolví toda clase de preguntas que él me hizo sobre las diferentes llamadas pidiéndome que textualmente le repitiera lo que decía el doctor Reyes, quedando encargado de transmitir al señor Presidente las súplicas que hacían los Magistrados por intermedio del doctor Alfonso Reyes Echandía....» (Folios 125 a 131, cuaderno VI-F, Juzgado 35 de Instrucción Criminal).
El Tribunal, para finalizar este capítulo estima conducente, dado el valor y significado de su testimonio, transcribir la declaración que el señor ex Presidente doctor Víctor Mosquera Chaux, rindió ante el Juzgado 9º de Instrucción Criminal-Ambulante-, en certificación jurada (artículo 244 del C.P.P.), no obstante que, como él mismo lo afirma no celebró diálogo alguno con el señor Presidente Betancur sobre este particular:
«...El día seis de noviembre de 1985, desde las nueve y media de la mañana, me encontraba en el edificio del Congreso, en la oficina 403, que se me ha asignado para las actividades que me competen. Cuando me disponía a salir en dirección al Capitolio, como a eso de las once de la mañana, para hacerme presente en la sesión de la Comisión Tercera Constitucional del Senado, de la cual soy miembro, se me informó que era temerario avanzar hasta el Capitolio porque había un fuerte abaleo en la Plaza de Bolívar debido a que un grupo sedicioso se había tomado el Palacio de Justicia. Se me aconsejó regresar a la oficina mientras se aclaraba un tanto la situación. Desde allí comencé a oír las noticias que se transmitían por las emisoras sobre los combates entre las fuerzas armadas y el M-19 y luego me traslade a mi apartamento 14-04, ubicado en la carrera 5º numero 26-57, Torre A, en donde continué escuchando el desarrollo de los acontecimientos por las transmisiones radiales. A través de ellas pude enterarme de las operaciones militares, de las reacciones de los guerrilleros, del incendio del palacio, de la zozobra de los rehenes. Oí la voz angustiada del Presidente de la Corte, doctor Alfonso Reyes Echandía pidiendo el cese del fuego para que se estableciera un diálogo con los captores. Seguí, con la preocupación y la ansiedad que en esos momentos embargaban a los colombianos y al mundo entero, la evolución de los dramáticos sucesos, minuciosamente relatada por los medios de comunicación. Se dijo que el Jefe de los Socorristas de la Cruz Roja, de apellido Martínez, si mal no recuerdo, había sido comisionado para llevar un mensaje del señor Presidente de la República a los subversivos. Me ha quedado la inquietud de saber si ese mensaje llegó a su destino, si fue verbal o escrito y si se redujo a intimarles rendición con la promesa de respetarles sus vidas y de garantizarles un juicio imparcial y con la plenitud de las formalidades procesales como se les ofreció desde un principio, en respuesta a su inaudita pretensión de juzgar al primer Mandatario en el recinto de la Corte, invitándole a comparecer directamente o por medio de apoderado. No creo que el tratar de revivir en mi memoria hechos suficientemente conocidos de los cuales no fuí testigo presencial, constituya valioso aporte para la investigación que usted adelanta. Pero hay algo que a mi me ha inquietado como a muchos otros compatriotas y es la reiterada afirmación que se ha hecho, inclusive por los propios Magistrados supervivientes, de que la toma del Palacio de Justicia se había anunciado con anterioridad y hasta se tomaron medidas para prevenirla y evitarla, que luego se suspendieron, a petición del propio Presidente de la Corte, según lo afirma el Gobierno.
Cuesta trabajo aceptar que la sola manifestación de incomodidad por la protección a quien está corriendo un riesgo, baste para que la autoridad quede relevada de la obligación de ampararle la vida como lo ordena la Carta Fundamental. El sacrificio de los once Magistrados, de numerosos empleados de los altos tribunales y de casi un centenar de personas que padecieron o protagonizaron la tragedia, ha dejado una amarga sensación en el país y, naturalmente, después de la controversia pública que se suscitó sobre la conducta del Jefe del Estado y de su Gobierno, se esperaba con ansiedad el pronunciamiento de la Rama Jurisdiccional, cruelmente lesionada en esa ya interminable batalla que se esta librando por la supervivencia de las instituciones democráticas seriamente amenazadas por los grupos subversivos que, a partir de 1982 han recibido inesperados y controvertidos estímulos que los han fortalecido considerablemente. ..Ni el señor presidente de la República me pidió consejo en esos difíciles momentos ni yo se lo di por iniciativa propia. Es de conocimiento público que el Gobierno afirmó que no podía hacer transacciones con los subversivos basadas en la violación de la Constitución y de la ley ya que estos incurrieron en delitos contra la seguridad interior del Estado, quebrantando seriamente la estabilidad y el normal funcionamiento de las instituciones.
No sé qué razones tuvo el Presidente para no acudir a la Comisión de Paz, presidida por el doctor John Agudelo Ríos. No estaba obligado a hacerlo, pero es una pregunta que mucha gente se formula, porque nos hemos acostumbrado los colombianos a que esa comisión actúe como intermediaria en las conversaciones y pactos del Gobierno con los facciosos.
No son pocos los que piensan que hubo un viraje presidencial en el tratamiento a esos grupos, especialmente al M-19 con algunos de cuyos jefes se entrevistó el señor Presidente en España y luego en México, por conducto del señor Procurador General de la Nación y del actual embajador de Colombia en Londres, doctor Bernardo Ramírez, en la casa del notable escritor Gabriel García Márquez, según se informó en su momento a la opinión pública. Es también sabido que con el M-19 se firmaron los acuerdos de El Hobo y de Corinto, en un ambiente que no se caracterizó precisamente por el respeto a la Constitución y a la ley. Todo lo cual indica que de una actitud tolerante y complaciente se pasó a otra de intransigente rigidez jurídica...creo que el señor Presidente asumió en declaración pública, la responsabilidad de las medidas tomadas para el rescate del Palacio de Justicia....» (Folios 36-38, cuaderno II B, Juzgado 9º de I. C.).
MANIFIESTO DEL M-19 Y DECISION DEL PRESIDENTE DE NO NEGOCIAR.
El Presidente Betancur tomó la decisión de dialogar sin negociar. Así lo comunicó a los expresidentes de la República, al Presidente del Congreso, a los candidatos a la Presidencia, a sus Ministros y altos colaboradores.
El día 6 de noviembre no hubo Consejo de Ministros porque las decisiones eran de exclusiva competencia presidencial y demandaban proferirse con urgencia, de acuerdo con los requerimientos del conflicto armado. En el transcurso del día, los Ministros se hicieron presentes en el Palacio para respaldar al Presidente y prestarle su concurso y colaboración. En las horas de la tarde, por llamado del señor Presidente, llegaron el Ministro de Defensa General Miguel Vega Uribe, el Director de la Policía Nacional, General Víctor Delgado Mallarino y el Jefe del Estado Mayor Conjunto General Manuel Guerrero.
El Presidente y sus acompañantes estuvieron en todo momento pendientes de informes y noticias sobre la realización de las operaciones militares, el comportamiento de los subversivos y la suerte que pudieran correr los rehenes. En varias oportunidades se escuchó el casete en el cual aparecía grabado el manifiesto del M-19, precedido por el himno del movimiento. La grabación hace referencia a la Operación Antonio Nariño y a las exigencias y objetivos principales de los sediciosos. Los términos de tal manifiesto dieron lugar a intercambio de opiniones y pareceres, y constituyeron, al fin de cuentas, motivación suficiente para descartar el alto al fuego y la iniciación de conversaciones de arreglo por cuanto se consideró que los facciosos solo querían ganar tiempo para obtener ventajas tácticas en el conflicto armado.
En la constancia elaborada por los miembros del gabinete ministerial, que aparece como prueba del proceso y que como anexo hace parte del acta correspondiente a la reunión del Consejo de Ministros celebrada el día 28 de enero de 1986, se hizo un relato "en torno a la compañía y solidaria asistencia" que todos prestaron al señor Presidente de la República, el citado 6 de noviembre de 1985.
Apartes de este documento, por la importancia que tiene para la investigación, se transcriben a continuación:
«... Reunido nuevamente con los Ministros presentes, el señor Presidente acompañado de su señora doña Rosa Helena, se delibera sobre el contenido del manifiesto del M-19 y se considera que el Gobierno no puede acceder a ninguna de las solicitudes que se le formulan y que, por ello, no es del caso proceder a entablar, directamente o a través de mediadores, clase alguna de negociación con los asaltantes, porque el sólo intento de realizarlas comprometería seriamente la independencia y el funcionamiento regular de los poderes públicos, por lo menos de las ramas Jurisdiccional y Ejecutiva, es decir la propia autonomía y supervivencia de estas autoridades.
Se estaba frente a la comisión de varios y graves delitos, en los que, por medios violentos, se pretendía imponer al Gobierno Nacional una negociación forzada, con la presión del secuestro de los señores Magistrados y la amenaza contra sus vidas. Pensaron que si el Gobierno negociaba, los terroristas quedarían colocados frente a la Corte Suprema, que venía siendo amenazada de muerte por los narcotraficantes, en condiciones de imponer su voluntad y de conseguir, en ese momento o más tarde, en los términos que la subversión deseara cualquier providencia o decisión judicial. Estimaron también que negociar constituiría negativo precedente, pues más tarde, mediante otro asalto de igual o parecidas características, los terroristas pretenderían conseguir de este Gobierno o del que lo suceda una nueva negociación en la que algo, no importa qué, así para algunos fuere de orden menor, debería entregárseles. El camino; de la claudicación, que conduce a la desaparición de las instituciones, nadie estuvo dispuesto a recorrerlo.
Por las razones anotadas no se analizaron por el Presidente y sus Ministros aspectos o detalles de eventuales negociaciones, como hubieran sido los relacionados con su presunta duración (se dijo que una vez iniciadas, sólo los guerrilleros, de acuerdo con sus intereses decidirían cuando ponerles fin), o su contenido mismo (Porque si las peticiones ya formuladas eran inaceptables por razones jurídicas y de principio, cualesquiera otras que presentaran a cambio de ellas y que fueren aceptadas también equivaldrían a una concesión por fuera de la ley).
Durante las deliberaciones, uno de los presentes indagó por la suerte del doctor Jaime Betancur Cuartas, Consejero de Estado y hermano del señor Presidente. El Jefe del Estado manifestó que no se tendrían en cuenta las circunstancias de su hermano por cuanto los intereses del Estado primaban sobre cualquier sentimiento personal».
«...Se tuvo, igualmente, la convicción de que el M-19 no buscaba simplemente negociar sino también ejecutar una operación político-militar de muy vasto alcance y resonancia publicitaria, a la que concedía señalada importancia, puesto que, cuando atento; contra el General Samudio Molina, Comandante del Ejército, pocos días antes, anunció un hecho que asombraría al mundo entero y dejaría a Colombia "con la boca abierta". Eran notorios su arrojo demencial y su actitud suicida. Además, sin que conocieran respuesta o decisión alguna del Gobierno, los asaltantes anunciaron su intención de volar el Palacio, de asesinar uno por uno los Magistrados rehenes, y de lanzar sus cadáveres, cada cuarto de hora, a la Plaza de Bolívar.
También estuvieron de acuerdo el Presidente y los Ministros en que si el M-19 hubiera querido negociar para volver a la política de paz, de la cual se retiró unilateral y voluntariamente, no hubiera tenido necesidad de apelar al expediente macabro que estaba utilizando, pues para el diálogo, que preserva las instituciones y no las sacrifica, el Gobierno no había cerrado las puertas. Precisamente estaban abiertas cuando se asaltó el Palacio de Justicia, pues la Comisión de Paz había invitado al M-19 a conversar. Ese día, miércoles 6 de noviembre, el Secretario de la Comisión, doctor Alirío Caicedo, estaba en Cali a solicitud del M-19 buscando iniciar los contactos del caso. El Ministro de Gobierno había convenido, por gestión de un interlocutor del M-19, reunirse con dirigentes de esa organización. Además, la solicitud de dialogo no la formulaba en forma directa el M-19, sino un rehén inerme bajo la presión de las armas.
El doctor Alvaro Villegas Moreno, Presidente del Senado de la República, había transmitido al Presidente Betancur la vehemente solicitud de cese al fuego que formulaba el doctor Alfonso Reyes Echandía, Presidente de la Corte Suprema de Justicia.
El Presidente pidió que, sin ceder en la decisión de no negociar, se ofreciera a los terroristas el respeto a sus vidas e integridad personal y el adelantamiento de un juicio imparcial, con el lleno de las garantías procesales, ante la justicia ordinaria.
Los Ministros de Justicia, Educación y Comunicaciones solicitaron que, mientras se llevaba a cabo la comunicación del primero de éllos con Andrés Almarales, se suspendiera el operativo que la Policía había anunciado estaba adelantando para tomarse el cuarto piso, en vista del riesgo que para la vida de los Magistrados que allí se encontraban, representaba ese operativo. Esta propuesta fue considerada conveniente».
«... La Ministra de Educación expuso que una conducta de negociación en cualquier sentido, con la subversión, no seria propia de un Gobierno caracterizado por el respeto a la Constitución y a las leyes. A la administración Betancur dijo--la ha caracterizado el diálogo que se ha hecho presente en muy diversas ocasiones y problemas y, particularmente, en el proceso de paz. Por ello y sin afectar en lo más mínimo las premisas expuestas, seria procedente adelantar un diálogo con el fin de no cerrar la posibilidad de explotar formas para evitar en lo posible el derramamiento de sangre y el sacrificio de vidas colombianas, entre ellas las de los señores Magistrados.
Los Ministros de Justicia y Comunicaciones observaron la diferencia esencial entre el diálogo sin negociación, y creen necesario que lo haya para que se enteren los asaltantes de las condiciones exigidas por el Gobierno y con el fin primordial de salvar la vida de los Magistrados y demás rehenes.
El Presidente y los Ministros decidieron que el cese al fuego sólo se podría convenir si con él se conseguía la libertad de los rehenes y la recuperación del Palacio, pues tal como lo informaron los militares presentes, no se podía permitir que los terroristas se fortificaran todavía más, mejoraran sus posiciones, tomaran la iniciativa y condujeran al Gobierno así a una situación más precaria aún que la que se estaba viviendo. Además podría entenderse como falta de autoridad frente a quienes ya habían empezado a apedrear y saquear locales comerciales de zonas aledañas al Palacio de Justicia, y que tal conducta estimularía a los agitadores que ya estaban incitando a la rebelión.
Se recordó que el M-19 se había retirado de los acuerdos de paz en vísperas del proyectado paro del 20 de junio, por creer que el país vivía una situación preinsurreccional que se haría manifiesta en el paro convocado. Por ello no se descartó la hipótesis de que, conforme con los cálculos de la subversión, un dialogo dilatado y alguna suerte de negociación les sería útil para un levantamiento popular o para crear un estado de anarquía semejante al llamado "Bogotazo" del 9 de abril de 1948.
Se estimó también que la solicitud del cese al fuego se había formulado sin que los asaltantes hubieran interrumpido sus ráfagas o mostraran actitud favorable a ello. Por el contrario habían dado muerte a varias personas y continuaban disparando.
Por las razones anteriores se decidió no acceder a la petición del cese al fuego y hacer conocer a los asaltantes las decisiones tomadas por el Gobierno y la voluntad firme de cumplirlas. El cese al fuego podía convenirse sólamente si se liberaba a los rehenes, se abandonaba por los asaltantes el Palacio de Justicia y se aceptaban las condiciones ofrecidas por el Gobierno de respetar la vida e integridad de los ocupantes y ponerlos a órdenes de la justicia ordinaria ...». (Folios 1607-1610).
Definida la política de no negociar con los rebeldes, acogida por todos los miembros del Gobierno, se dispuso divulgarla por la radio reiteradamente a fin de obtener seguridad de que tal decisión seria conocida por los guerrilleros pues, prácticamente, ese era el único medio de comunicación con ellos.
SOLICITUD DE ALTO AL FUEGO FORMULADA POR EL PRESIDENTE DE LA CORTE.
El Presidente de la Corte, doctor Reyes Echandía, ante la gravedad y magnitud de los trágicos acontecimientos, consideró procedente un alto al fuego, como única posibilidad de salvar la vida de todos los rehenes. Trató, sin éxito, de establecer comunicación telefónica con el Presidente Betancur, para formalizar solicitud en tal sentido y, lógico es suponerlo, para suministrarle información sobre el violento ataque e intercambiar conceptos sobre el manejo de la situación en el cual, por su investidura, tenía pleno derecho a intervenir. Varios fueron los intentos del doctor Reyes Echandía por lograr la comunicación, llegando hasta solicitar al doctor Alvaro Villegas Moreno, Presidente del Congreso, gestión mediadora para que el diálogo telefónico pudiera realizarse. Y ya se vió que tampoco el Presidente del Senado fue atendido en la recomendación que con tal finalidad hizo.
En las horas de la tarde, repitió una llamada al Palacio el doctor Reyes Echandía. Lamentablemente, el señor Presidente de la República fue de parecer de que la llamada debía ser atendida, no por el, sino por el General Víctor Delgado Mallarino, Director de la Policía Nacional, entre otras razones por ser persona muy amiga del Presidente de la Corte. Esta llamada, efectivamente, se produjo más tarde, según aparece en la declaración del Ministro de Justicia y en la constancia dejada en el Consejo de Ministros que en lo pertinente se transcribe:
«... Alrededor de las cuatro de la tarde entró a la Secretaría General una llamada del Presidente de la Corte. Fue atendida por la Secretaria Privada del Presidente de la República, quien minutos antes ingresó a dicha oficina acompañada de la primera Dama. El doctor Reyes pidió se le pusiera al habla con el Presidente de la República y la Secretaria de esté le solicito dejar su teléfono con la promesa de que los comunicaría más tarde. Se deliberó entre los Ministros si se trataba efectivamente del doctor Reyes Echandía. La mayoría opinó que sí era. yo abrigué dudas de que fuera él. Los presentes oímos la voz, por el altoparlante...»(Folios 21-66).
«... Hacia las cinco de la tarde, -dice la constancia ministerial se estableció comunicación con el señor Presidente de la Corte Suprema de Justicia en el teléfono numero 2415015, situado en la Oficina del Magistrado Pedro Elías Serrano. Mediante el amplificador de conferencia los presentes escucharon la conversación entre el señor Presidente de la Corte y el General Delgado Mallarino, a quien se había designado para adelantar este diálogo a nombre del Gobierno, dada la amistad que lo, unía de tiempo atrás y su autoridad militar para notificar a los guerrilleros el pensamiento del Gobierno.
El doctor Reyes Echandía solicito el alto al fuego. Informo que con el estaban varios guerrilleros que le apuntaban con ametralladoras. "Nos van a matar" -dijo-. Con vehemencia pidió la suspensión del operativo militar manifestándolo estar de por medio la vida de todos los rehenes. El General Delgado Mallarino le manifestó que la fuerza Pública estaba haciendo todo lo posible por salvar su vida y las demás, Pero estaban de por medio las instituciones y los deberes para con éllas del Gobierno. Ante la evidencia de que era imposible sostener una conversación en que el interlocutor pudiera hablar con libertad solicitó que lo pasará al teléfono al dirigente de los guerrilleros que lo acompañaban.
Se oyó la voz de quien se identificó como el comandante Otero a quien el General Delgado Mallarino, trasmitió la decisión del Gobierno de no negociar y de no suspender el operativo en marcha. El señor Luis Otero, quien habló a nombre del M-19 y dijo ser el comandante de sus compañeros, respondió que en manera alguna éllos aceptaban la solicitud ni ofrecimiento del Gobierno porque habían ido a ejecutar una operación político-militar que debía adelantarse a cualquier precio y que los Magistrados rehenes eran precisamente garantía de que ella se cumpliría. El General Delgado Mallarino intervino de nuevo para pedir a Otero que reflexionara, que evaluara la situación y se diera cuenta de los inmensos riesgos que estaban corriendo muchas personas y lo invito a que, si cambiaba de opinión le llamara por teléfono. En este punto se terminó la conversación y el señor Otero nunca llamó, ni buscó ningún otro medio para expresar opinión distinta de la ya referida. Durante la conversación se escuchaban ráfagas...» (Folios 1588-1589).
La versión particular certificada por el Ministro contiene diferencias de matiz en el dialogo:
«... Paso nuevamente Reyes Echandía y con voz implorante le Solicitó al General Delgado Mallarino que "por favor" diera orden de cese al fuego -"nos van a matar Víctor Alberto". "Ustedes no Pueden permitir que nos maten". El General Delgado le respondió que lo volvería a llamar y colgó. El Presidente comentó que ya se había establecido un primer contacto, y se les había hecho a los guerrilleros un ofrecimiento y que había que dejarlos reflexionar. Invitó a los Ministros a reflexionar a su turno sobre lo que debía seguir y se acordó hacer una nueva llamada más tarde ... ».
No se ha dado una justificación para la negativa del Primer Magistrado de la Nación a dialogar con el más alto representante de la Rama Jurisdiccional. Razones de humanidad o de política podrían aducirse para justificar ese diálogo. La negativa quedará siempre como algo inexplicable.
¿Que no era un hombre libre porque estaba padeciendo el acoso de las ametralladoras Esa razón también podría valer para objetar el intercambio de opiniones con el Director de la Policía. ¿Significaba acaso un principio de negociación con los guerrilleros que dominaban la situación y aun las voluntades de los rehenes No; porque esa negociación o ese principio de negociación sólo existe cuando dos partes la intentan o acuerdan. ¿Que la autoridad sufría mengua No parece; el Ministro de Justicia fue autorizado para hablar con Almarales en busca de rendición y entrega de los rehenes.
Es imaginable el doloroso momento vivido en el Despacho Presidencial cuando un grupo de altísimos funcionarios se reunen alrededor de un amplificador para seguir, sin intervenir el diálogo entre el Presidente de la Corte Suprema de Justicia, que anuncia su próxima muerte a manos de sus captores, y el Director de la Policía, a todas luces imponente para impedir el sacrificio de su amigo.
Este tanto, el Presidente de la Corte por las cadenas radiales hizo público llamado al señor Presidente de la República en solicitud de que impartiera orden inmediata de alto al fuego, y reclamó de quienes pudieran hacerlo que lo acompañaran en la misma demanda ante el Primer Mandatario. Los colombianos sobrecogidos sintieron el terror a que estaba siendo sometido el eximio jurista y recuerdan sus angustiadas expresiones:
«... Por favor que nos ayuden, que cese el fuego. La situación es dramática estamos rodeados aquí de personal del M-19, por favor que cese el fuego inmediatamente, divulgue ante la opinión pública, esto es urgente, es de vida o muerte. (Si me oyen... Es que no podemos hablar con ellos, si no cesa el fuego inmediatamente. Por favor que el Presidente dé finalmente la orden del cese al fuego ...».
En entrevista concedida al periódico "El Tiempo", repitió el doctor Reyes su angustioso llamado:
«. . . Estamos en un trance de muerte. Ustedes tienen que ayudarnos. Tienen que pedirle al Gobierno que cese el fuego. Rogarle para que el Ejército y la Policía se detengan... Ellos no entienden. Nos apuntan con sus armas . Yo les ruego detengan el fuego porque están dispuestos a todo... Nosotros somos Magistrados, empleados, somos inocentes...He tratado de hablar con todas las autoridades. He intentado comunicarme con el señor Presidente pero él no está. No he podido hablar con él...».
En una segunda entrevista agregó:
«... Yo he hablado ya con el Presidente del Senado de la República, con el doctor Alvaro Villegas. El me prometió que no habría más tiroteo. Me aseguró que se había dado orden de cese el fuego, pero el tiroteo sigue... Es como asistir a una guerra en la que todos parecen condenados a morir. .. no he podido comunicarme Con el Presidente . . ., y nos van a matar. Están como a 20 metros . . . ». (El Tiempo, 7-XI-85, página 11A).
El doctor Reyes desde el cuarto piso formuló, repetidamente, la
misma petición a los protagonistas del enfrentamiento armado. Numerosos testigos lo relatan. El consejero de Estado doctor Jorge Valencia Arango, por su parte declara:
«... Más o menos a la 1:00 p.m., sentí bulla en el cuarto piso, voces jóvenes, masculinas y femeninas y alcancé a oír que esas voces se dirigían al Presidente de la Corte, doctor Reyes Echandía, a quien le decían que nada le iba a pasar, que lo necesitaban para que entrara en negociaciones con el Gobierno, pero que no lo podían dejar en su oficina, encima de la mía, pues los iban a concentrar a todos los Magistrados en otra oficina. Se lo llevaron, dando gritos de los cuales recuerdo decían "Comandante tal ya tenemos el Presidente de la Corte" y así gritaban a varios Comandantes. Siguiendo las voces que se alejaban en dirección a la Sala Plena de la Corte, pensé que habían llevado a Reyes Echandía a la oficina del doctor Baquero o a la del Flavio Calderón Botero.
Poco después oí a Reyes Echandía gritar: "Por favor no disparen, somos rehenes, les habla el Presidente de la Corte Suprema de Justicia, tenemos heridos, necesitamos a la Cruz Roja". A lo que contestaban con descargas cerradas de ametralladora, rockets y toda clase de armas. Cada cinco minutos repetía su letanía el doctor Reyes y le contestaban con las mismas descargas. Por ahí a las 4 p. m. o minutos antes, el doctor Reyes cambió un poco su letanía. . . ».
Similares llamados públicos, valiéndose de las cadenas radiales hicieron los Magistrados Carlos Medellín, Ricardo Medina y Pedro Elías Serrano. Pero el Gobierno mantuvo inmodificable su decisión de no negociar, no suspender el operativo que la fuerza pública había puesto en marcha y ofrecer a los asaltantes, el respeto a su vida e integridad personales y el seguimiento del juicio que ordenan las leyes vigentes. (Ver declaración del señor Presidente de la República, folio 1956).
PROCESO DE RECUPERACION DE PALACIO.
Mientras se desarrollaban las gestiones del cese al fuego, de que se ha dado cuenta, proseguían los enfrentamientos en el interior de Palacio. Las fuerzas del orden como antes se había visto se encontraban en el sótano y en el primero y segundo pisos del costado suroccidental del edificio. Para un mejor control de sus operaciones se dispuso que unidades del Batallón Guardia Presidencial tomara la responsabilidad del sector occidental, estacionamiento y sótanos y la Escuela de Artillería, asumiera la responsabilidad del área suroriental. A su vez los guerrilleros se habían replegado al costado noroccidental de los pisos segundo y tercero y tenían el control pleno del cuarto piso. En el piso tercero, estratégicamente ubicada, permanecía una guerrillera que con ráfagas de ametralladora retardó el operativo militar.
Por efecto de los primeros avances del Ejército, en acciones apoyadas en los vehículos blindados, los sediciosos se habían polarizado en dos grupos importantes. El primero que controlaba el cuarto piso, estaba dirigido por el máximo comandante del operativo, Luis Otero, y de él hacían parte algunos miembros del Estado Mayor del M-19. Este grupo tenía en calidad de rehenes, al Presidente de la Corte, doctor Reyes Echandía, a ocho Magistrados más y a otras personas concentradas en lugar separado en cumplimiento del plan de ataque, al que tantas veces hemos hecho referencia. El segundo grupo estaba dirigido por el comandante Andrés Almarales Manga, actuaba en el sector de las escaleras y los baños del costado Norte y mantenía en su poder el mayor número de rehenes (más de 70).
Se inició, así, el proceso lento pero seguro de recuperación piso a piso con liberación de funcionarios y visitantes que se iban encontrando a medida que se ascendía. La dificultad mayor radicaba en el control que los asaltantes ejercían sobre las escaleras donde habían emplazado ametralladoras.
A pesar de los peligros y toda clase de dificultades y riesgos, miembros de los cuerpos armados recibieron la misión prioritaria de localizar a los rehenes y colaborar en su evacuación. Fue así como en una primera etapa se logró el rescate de 138 secuestrados, cuyos nombres figuran en la lista que presentamos como anexo de este informe.
Consideramos importante trascribir apartes de algunos testimonios que describen la peligrosa y difícil tarea de los rescates.
El soldado Manuel Eduardo Becerra Rojas, adscrito al Batallón Guardia Presidencial, declaró:
«... Dieron la orden de que dirigiéramos a buscar rehenes, a encontrar rehenes que estarían encerrados y como se suponía que los rehenes estaban encerrados y por tanto humo que había por la balacera como a las tres de la tarde, comenzaron a abrir puertas, a mirar en las oficinas a ver a quienes podíamos rescatar. Yo me cubrí inicialmente debajo del tanque y subí por las escaleras que daban del primer piso al segundo y tercer piso, esas escaleras están al lado derecho de la entrada principal y subí por las escaleras del sur del palacio, subimos yo creo que unos siete soldados, creo que también había un capitán, me parece que era artillero, no sé de nombres, todos eran desconocidos, era un sargento, pero no era del Guardia Presidencial. Yo, o mejor, subimos al segundo piso donde está localizado, creo que era el teatro del Palacio y las oficinas que habían en ese momento, lo primero que encontramos apenas subimos, fue una oficina que estaba cerrada, la empujamos y no podíamos abrirla, entonces nos tocó gritar y preguntar quien había adentro, pero nadie respondía, yo supuse que era porque estaban ya casi asfixiados, yo creo que eran como las dos de la tarde, eso fue en seguida que entraron los tanques que nos cubrieron hasta comienzos de la escalera. Cuando llegamos a la oficina esa yo supuse que había rehenes, no podía ser otra cosa y efectivamente la puerta la abrimos y comenzaron a salir yo creo que un promedio de unos 15 o 19 rehenes que habían en esa oficina ..»
La doctora María Elena Giraldo Gómez, Relatora del Consejo de Estado, describió así esta parte de su experiencia:
«.. Estábamos en un estado de asfixia cuando a las cuatro y media de la tarde sentimos empujones en nuestra puerta, en ese momento decidí gritar e informar a los que tocaban que allí nos encontrábamos siete personas y a la vez empecé a gritar que si querían que abriésemos la puerta, gritos que seguían precedidos de los de la doctora Nubia. De afuera alguien se manifestó y dijo que abriésemos con las manos en alto; me paré, tomé las llaves, abrí la puerta y para sorpresa mía había ocho soldados del Ejército, nos evacuaron rápidamente, salimos al segundo piso por la escalera que da a la cafetería, nos tocó refugiarnos en las escaleras un buen rato mientras se aplacaba un poco la situación, luego que el teniente que precedía a los soldados dijo que ya era hora de bajar al primer piso, lo hicimos por las escaleras que dan a la cafetería donde todavía continuaba el estado de balacera y conmoción; logramos huir rápidamente y salir en medio del cadáver de Jorge Tadeo, el Administrador, de allí fuimos llevadas por el Ejército a la Casa del Florero, donde recobramos nuestra tranquilidad y nos sentíamos orgullosas de que personas tan humildes como esos soldados no sólo nos hubieran rescatado, sino que con palabras de afecto hubieran logrado en nosotros esa valentía que hizo que pudieramos salvarnos. . .». (Folio 28 del primer cuaderno del Juzgado 30 de Instrucción Criminal) .
Eduardo Matzon Ospino, estudiante de la Facultad de Derecho del Externado de Colombia, declaró:
«. . . Quedando Yolanda y yo solos en todo el pasadizo hasta cuando apareció fuego o humo en ese pasadizo y un señor, presumo que era guerrillero, con una máscara nos hacia señas de que fuéramos hacia él; Yolanda y yo llevados por el miedo a morir hicimos caso, pero cuando nos aproximábamos cerca del enmascarado él se perdió. Cuando nos refugiamos en el segundo piso, cerca de los ascensores del segundo piso sentíamos cuando detonaban unas bombas presumiendo eso por el gran sonido que se escuchaba y cuando tumbaban la puerta principal del Palacio al entrar unos carros; al rato escuché cuando militares gritaban por el segundo piso en las oficinas que abrieran que era el ejército, optando yo por llamarlos: señores, señores, aquí estamos, somos estudiantes de derecho de la Universidad Externado de Colombia, y respondiendo ellos que nos quedáramos y que nos arrastráramos con las manos sobre la nuca, llevándonos a una oficina cercana del segundo piso donde habían otros rehenes; por medio de esa oficina pasamos al primer piso bajando por unas butacas, unos muebles, como las demás personas que se encontraban dentro, allí esperamos todos un tiempo prudente hasta que logramos salir...». (Folio 317, tercer cuaderno, Juzgado 89 de Instrucción Criminal).
El consejero Julio César Uribe Acosta, declaró:
«...Dejé mis zapatos en mi oficina con el fin de no hacer bulla sobre el piso de madera, que denunciaba fácilmente al que transitaba por el pasillo y dejé mi saco para tener facilidad de movimiento. No obstante que en mi oficina estaba más cerca de la escalera del costado norte, decidí salir por el costado sur que era más largo, pues tenía la impresión de que por el sur había ejército, pues por teléfono había sido enterado de que la puerta de entrada al Palacio había sido derrumbada. Al culminar el recorrido en el sentido norte sur por el corredor me tocaba girar hacia el occidente y era ese un momento difícil pues yo no sabía si allí había ejército o subversivos. Pensé que si eran subversivos no me matarían inmediatamente, pero me retendrían y que si era ejército me enviarían un mensaje comprensivo de la situación. Esto explica que al estar situado en el final del corredor y mirando hacia el occidente yo exclamara: Soy un consejero de Estado. Inmediatamente oí una voz que me decía: Protéjase doctor. Entendí entonces que el Ejército tenía el control de esa área y ello explica que avanzando rápidamente me situara en un pequeño pasillo que da frente a la entrada del Palacio en el tercer piso. Allí encontré dos soldados, uno de los cuales apuntaba su arma hacia el costado oriental, protegiéndose contra la pared. Ellos insistieron en que me protegiera y yo consideré que no era necesario arrojarme al piso sino pedir una escalera de emergencia para bajar del piso tercero al primero, pues no quise hacerlo por la escalera tradicional, porque alcance a ver dos cadáveres colocados horizontalmente, en posición cabeza al sur y pies hacia el norte, e inmediatamente supuse que eran guerrilleros que guardaban inicialmente la entrada y salida de la escalera. Tuve igualmente el temor de que si bajaba por la escalera tradicional, podía encontrar guerrilleros o ejército, que al no poder identificarme fácilmente podrían dispararme. Esto explica que yo demandara una escalera para bajar del pasillo del tercer piso al primero. Después de unos minutos de espera y sin que tuviera mucha visualización pues era de noche, bajé por ella. Después supe porque me lo contó el consejero Jorge Valencia Arango que la escalera era corta y que fue apoyada en el primer piso sobre el pecho de dos soldados y que desde el tercero me ayudaron a descolgarme para alcanzarla, pues era corta. Dijo el consejero Valencia Arango que la maniobra fue riesgosa pero él también bajó por ella y parece que después lo hicieron tres personas mas. Cuando alcance el primer piso, soldados del ejército y personal de la Policía me protegieron con sus armas y me condujeron a la Casa del Florero donde nos atendieron en debida forma.. ».
De los informes anteriores puede concluirse el riesgo que corrieron los encargados del rescate y los mismos liberados. Puede afirmarse que todos los casos son distintos. Naturalmente, la brevedad no permite relacionar y evaluar las valerosas hazañas que se registraron para dar libertad a la mayoría de los prisioneros. Escenas de arrojo, de destreza y de iniciativa para superar situaciones complicadas por los encuentros armados, podrían narrarse. Los soldados, por ejemplo, a pesar de su juventud y poca experiencia en el manejo de este tipo de problemas, vencieron los temores de ser sorprendidos por guerrilleros que utilizaban, en forma camuflada, parecidos uniformes, se atrevieron a penetrar en oficinas, escaleras y algunas zonas de diferentes servicios, no obstante la conformación arquitectónica del Palacio que ellos desconocían y qué había sido aprovechada por los subversivos no sólo para resguardarse, como escondite sino para accionar sus armas, tal como lo hacen los francotiradores. En estas condiciones unos encontraron la muerte y otros fueron lesionados.
El operativo para localizar y rescatar a los rehenes dio lugar a comportamientos de heroísmo porque se cumplió sin interrupción de los combates, en momentos en que se utilizaban explosivos que hacían trepidar el edificio y se escuchaban ráfagas de armas automáticas. Su planeamiento constituyó por otra parte, división de responsabilidades entre las fuerzas del orden. Así, mientras unos perseguían el objetivo único de salvar a los rehenes, las otras tenían la responsabilidad de hacer su cubrimiento, persiguiendo poner a los guerrilleros a la defensiva, desorganizarlos y obligarlos al abandono de las posiciones claves. De tal suerte, a medida que el ejército fue avanzando y la guerrilla perdía terreno, se consiguió liberar al mayor número de personas, prestar auxilio a los heridos, trasladándolos con urgencia a los centros de asistencia médica mas cercanos.
Consideramos del caso destacar la actuación de la denominada "Compañía Avanzada de Tiro", formada con criterio selectivo, por los hábiles tiradores. Ellos neutralizaron eficazmente la acción de los francotiradores.
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